La noche era profunda. En el estacionamiento solo se escuchaba el canto de las cigarras y los pasos del hombre acercándose. La repentina voz puso tensa a Ana. Apretó los puños y al girarse, se relajó al ver que era Gabriel.
—Disculpa si te asusté —Gabriel, notando su nerviosismo, se disculpó caballerosamente. —No pasa nada —Ana hizo un gesto con la mano y alzó la mirada encontrándose con sus ojos—. ¿Señor Urquiza viene tan tarde al hospital porque le molesta el estómago otra vez?
Bajo la luz de