Ana, que no sabía que Tadeo había contado todo con su gran bocota, acababa de sacar el botiquín y se sentó junto a Gabriel.
La luz de la sala era de un cálido tono anaranjado, suavizando la frialdad en la mirada de Gabriel.
Él se había quitado la chaqueta y solo llevaba puesta una camisa ligera.
—Puede que duela un poco, aguanta —dijo ella.
Mateo realmente había golpeado con fuerza. La piel de Gabriel, ya de por sí pálida, hacía que los moretones azulados resultaran aún más impactantes.
La dista