La persona que estaba en la puerta era Mateo. Vestía un pijama hospitalario azul y blanco, con el rostro pálido y el ceño fruncido. Sus profundos ojos brillaron de alegría en el momento que vio a Ana.
—¡Ana!
Extendió la mano para intentar tomar la de ella, pero la mujer retrocedió para evitarlo, con sus hermosos ojos llenos de desprecio.
La mano de Mateo quedó suspendida en el aire. Sus pupilas se contrajeron mientras miraba ese bello rostro que, extrañamente, le resultaba completamente ajeno.
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