Ana llamó a la vendedora. La cortina se abrió por una mano, y Ana, de espaldas, mostraba su cabello negro sobre su piel de nieve, con los hermosos omóplatos apenas visibles.
—La cremallera parece haberse atascado, ¿podría ayudarme? —preguntó Ana cortésmente, con una mano apoyada en la barandilla, sin volverse.
La persona detrás se acercó lentamente. Su respiración era casi imperceptible.
Gabriel extendió su mano de nudillos marcados y tocó suavemente la cremallera del vestido.
Sus dedos rozaron