—Disculpa —se excusó Ana instintivamente.
Gabriel no respondió, con su respiración completamente envuelta en el suave aroma que emanaba de Ana.
Su mirada se oscureció, luego bajó los párpados, reprimiendo todas las emociones que surgían.
Este gesto íntimo entre ambos enfureció a Giana.
La ira distorsionó sus facciones, sus uñas se clavaron en su palma sin que sintiera dolor.
—¡Ana! ¿Qué haces tú aquí? —exigió saber Giana.
Ana casi pone los ojos en blanco con fastidio.
—¿No debería preguntarte yo