La risa de Mauro llegó al otro lado del teléfono, tan libre y descarada como siempre.
—Jajajaja… No es fácil —dijo con su tono habitual, mezcla de despreocupación y picardía—. Nuestra Isa, tan orgullosa, ha aprendido a reírse de sí misma. Vaya, ese desgraciado de Lucas te ha debido de hacer mucho daño. ¿Quieres que te ayude a…?
Isabela lo interrumpió enseguida:
—¡Para ahí! Aunque fuera para darle un corte a escondidas a medianoche, esa venganza me pertenece. No te metas.
Mauro contuvo la risa:
—