—Qué día —murmuró Cyrus, estirando los hombros, al salir de la oficina al final del día y pararse frente al escritorio de Stella—. Siento que he trabajado veinticuatro horas sin parar.
—¿Estás cansado jefe? —le preguntó ella, con una sonrisa de felicidad y emoción que no podía contener por más que tratara.
—Un poco —le dijo—. Pero no te preocupes. Sé muy bien por qué lo preguntas.
—¿Ah, sí? ¿Por qué? —dijo ella, levantándose para guardar unas carpetas en los archiveros.
Cyrus se acercó un p