El trayecto hacia el lugar donde se iba a llevar a cabo el evento transcurrió entre silencios suaves y miradas que hablaban más que cualquier palabra. Cyrus conducía con una mano, mientras la otra permanecía entrelazada con la de Stella, apoyada delicadamente sobre su muslo. No la soltó ni un segundo. Parecía necesitar sentirla, igual que ella lo necesitaba a él.
Stella observaba por la ventana las luces de Nueva York encenderse a medida que el atardecer se volvía noche, respirando profundamente para mantener a raya los nervios. No era el evento en sí lo que la inquietaba, sino el ser vista, el exponerse a miradas ajenas como la novia de Cyrus Leroux. Nunca había tenido un papel así en la vida de nadie.
Pero Cyrus, en cada semáforo le daba un apretón a su mano. En cada curva, le dirigía una mirada cálida. En cada gesto, parecía recordarle: «estoy aquí».
Cuando llegaron, un vallet se acercó a abrir la puerta. Stella contuvo la respiración al ver los flashes de las cámaras a la di