Capítulo 3

Una habitación de una pensión modesta se convirtió en el refugio temporal de Lucía tras abandonar el apartamento de Mateo aquella noche. Había evitado deliberadamente alojarse en un hotel por varias razones, entre ellas, ahorrar el poco dinero que le quedaba.

Por supuesto, las instalaciones no tenían nada que ver con lo que estaba acostumbrada. No había lujos, pero, curiosamente, Lucía se sentía más en paz allí.

Antes de eso, Lucía había aprovechado para ir a la oficina del Grupo Valderrama por última vez. Entregó su carta de renuncia al departamento de Recursos Humanos sin muchas explicaciones, agradeció la oportunidad de haber trabajado allí y salió de aquel rascacielos para siempre.

Nadie indagó demasiado en sus motivos. Como simple administrativa, su marcha no sacudiría la empresa. Y Lucía, en realidad, se sintió aliviada por eso.

Después, Lucía visitó la tumba de su madre, que había fallecido unos meses atrás tras largos meses en coma. Al final, había perdido al único familiar que le quedaba, pero al menos había dado lo mejor de sí misma, así que no guardaba ningún remordimiento.

Al mirar la lápida de su madre, Lucía volvió a recordar todo lo que Mateo había hecho por ella. Más allá de lo que hubiera ocurrido, no podía negar que aquel hombre la había ayudado enormemente, incluso en los últimos trámites del funeral. Aunque eso, desde luego, no cambiaría la decisión que ya había tomado.

Una vez que consideró que todos sus asuntos estaban en orden, Lucía sintió que era hora de marcharse.

Y allí estaba ahora, frente al mostrador de facturación del aeropuerto internacional. Su destino: Nueva Zelanda. Un país que había soñado visitar desde pequeña. Recordaba haber leído sobre el lago Tekapo, cuyas aguas parecían de cristal; sobre montañas con cumbres nevadas perpetuas; sobre extensiones verdes que se perdían en el horizonte. Y anhelaba verlo con sus propios ojos.

Nunca imaginó que terminaría yendo realmente a aquel país de sus sueños. No solo para huir, sino para comenzar una nueva vida.

Sin embargo, mientras hacía cola para facturar, su cuerpo empezó a sentirse extraño. Un repentino mareo en el estómago, un latido pulsante en la cabeza y una fatiga indescriptible que no podía explicar.

Al principio, Lucía lo ignoró. Pensó que tal vez era el estrés de los últimos días, que su cuerpo estaba reaccionando como solía hacerlo en ocasiones anteriores, sin llegar a mayores. Pero cuando entró en la sala de embarque, el mareo regresó—esta vez con más fuerza—hasta que tuvo que correr al baño y vomitar el estómago vacío.

Luego se lavó la cara y se miró en el espejo.

—¿Por qué tienes que protestar justo ahora, cuerpo mío? —se refunfuñó a sí misma—. Por favor, sé fuerte. No te desmorones. Al menos, déjame llegar a mi destino primero.

Lucía se animó a sí misma. Su plan no podía arruinarse solo por el cansancio. Así que fue a una pequeña farmacia dentro del aeropuerto para comprar pastillas para el mareo, caramelos de jengibre y—sin saber muy bien por qué, casi sin pensarlo—también compró una prueba de embarazo.

Cuando el avión ya había despegado, de repente Lucía sintió curiosidad por algo. Cogió su bolso pequeño, sacó la caja de la prueba de embarazo que había comprado por puro capricho. Sabía que debería esperar hasta llegar a Nueva Zelanda para confirmar esa remota posibilidad.

Pero sus manos se movieron solas, llevando la caja al estrecho baño del avión. Dentro del diminuto compartimento, Lucía siguió las instrucciones del envase. Sus manos temblaban ligeramente mientras esperaba. Un minuto se sintió como una hora.

Y entonces, las rayas comenzaron a aparecer lentamente.

Dos rayas.

Positivo.

Lucía sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.

—No... —susurró, con la voz entrecortada—. No puede ser...

Sus dedos apretaron la prueba con tanta fuerza que los nudillos se le blanquearon. ¿Cómo era posible que llevara en su vientre al hijo del hombre que acababa de dejarla por otra mujer?

Miró la prueba una vez más, deseando que las rayas desaparecieran y todo fuera una alucinación. Pero las rayas seguían ahí. Incluso se veían más nítidas y reales.

Lucía se recostó contra la pared del baño del avión, sintiendo cómo su pecho subía y bajaba aceleradamente. Las lágrimas comenzaron a acumularse en sus ojos. No eran lágrimas de tristeza, sino de confusión, de miedo y de algo más que no lograba identificar.

Durante un instante, Lucía quedó absorta, sin saber qué hacer. Pero luego guardó la prueba en el bolso, se lavó la cara y regresó a su asiento. Se sentó en silencio, mirando por la ventanilla. Poco a poco, una nueva determinación y una chispa de esperanza empezaron a germinar en su corazón.

Quizá, después de todo, era mejor que alguien la acompañara a comenzar una nueva vida en tierra extraña.

---

Tres días después de la partida de Lucía a Nueva Zelanda, Mateo por fin regresó a casa. El hombre se quedó unos segundos en la entrada, al abrir la puerta del apartamento, porque notó que algo era diferente. Normalmente, aunque las luces estuvieran apagadas, se percibía un calor invisible en aquel hogar.

Pero aquella noche, el apartamento estaba frío y sumido en un silencio absoluto.

Mateo encendió la luz del salón y echó un vistazo al sofá. Vacío. No había rastro de Lucía, que solía quedarse dormida esperándolo. Luego se dirigió al dormitorio y encontró la cama perfectamente hecha, como si llevara tiempo sin usarse.

Mateo frunció ligeramente el ceño.

—¿Lucía? —llamó, con una voz que resonó débilmente en el espacio vacío.

No hubo respuesta.

Mateo abrió el armario. Varias perchas estaban vacías. No era mucho, porque Lucía nunca había tenido demasiada ropa. Pero enseguida notó que la vieja maleta de la mujer tampoco estaba.

Por un momento, Mateo se quedó helado, sintiendo un nudo extraño en el pecho. Sacó el móvil e intentó llamar a Lucía.

—El número que ha marcado no está disponible.

Lo intentó de nuevo, pero seguía sin poder contactarla.

Un principio de pánico comenzó a filtrarse en el pecho de Mateo. Encendió todas las luces del apartamento. Una a una, las habitaciones se iluminaron, mostrando que no había rastro de Lucía en ninguna parte. Ni en la cocina, ni en el baño, ni en el balcón.

—¡Lucía! —alzó la voz Mateo, pero el nombre que pronunciaba no obtenía respuesta.

Mateo soltó un resoplido áspero. Volvió a sacar el móvil, dispuesto a llamar a alguien. Pero su mano se detuvo al ver algo sobre la mesa del comedor.

Se acercó.

Sobre la mesa de madera de teca que Mateo solía usar para desayunar, yacía un papel doblado con cuidado, y encima de él, un anillo.

Mateo cogió el anillo y lo examinó. Al instante, su corazón dio un vuelco al reconocerlo: era la alianza que él mismo había colocado en el dedo anular de Lucía el día de su boda.

—¿Qué está intentando hacer? —murmuró Mateo, frunciendo de nuevo el ceño. Pero entonces, el rabillo del ojo volvió a posarse en el papel doblado sobre la mesa.

Mateo tomó el papel y lo desplegó. Esta vez, sus ojos se abrieron ligeramente al leer su contenido.

Era una demanda de divorcio. Y en la parte inferior, vio la firma de su esposa: Lucía Navarro.

Mateo se quedó paralizado.

El mundo a su alrededor pareció detenerse. Miró el documento con incredulidad, y volvió a leer las palabras una vez más. Pero su mente se negaba a procesar lo que acababa de ver.

—Lucía... —gruñó Mateo, pronunciando el nombre de la mujer con un tono que apenas contenía su furia. Su rostro se endureció, como si estuviera a punto de destrozar todo lo que tuviera delante.

Nunca se le había pasado por la cabeza que Lucía lo abandonara. Que ella hubiera firmado los papeles del divorcio sin decirle una sola palabra en persona.

Mateo no estaba preparado para aquello. De entre todas las posibilidades, que Lucía se fuera era la que consideraba más improbable. No sabía cómo describir lo que sentía en ese momento. Lo único que sabía era que una ira infantil lo embargaba, como la de un niño que ha perdido su juguete favorito.

—No puedes dejarme así, Lucía —dijo Mateo de nuevo, con la mirada afilada—. No puedes hacerme esto a mí...

Mateo arrugó la demanda de divorcio que Lucía había dejado y la arrojó al suelo con violencia. Con la respiración agitada, barrió todo lo que había sobre la mesa del comedor con ambas manos, haciendo que los objetos cayeran al suelo con un estrépito ensordecedor.

En un instante, la habitación quedó hecha un desastre. Mateo se quedó ligeramente atónito al darse cuenta de lo que había hecho. Su respiración seguía entrecortada. Pero, unos segundos después, esbozó una sonrisa sarcástica.

—Bien, vete si quieres vete. A ver cuánto tiempo puedes sobrevivir ahí fuera sin mí —dijo Mateo con un tono cargado de furia.

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