Mundo ficciónIniciar sesiónUna modesta pensión se convirtió en el refugio temporal de Lucía después de abandonar el apartamento de Mateo aquella noche. Había decidido no alojarse en un hotel por varias razones; una de ellas era ahorrar el poco dinero que tenía.
Por supuesto, las comodidades no tenían nada que ver con las del apartamento. Allí no había lujos. Y, sin embargo, por extraño que pareciera, Lucía se sentía mucho más tranquila.
Antes de marcharse, había pasado por última vez por las oficinas de Valderrama Group. Entregó su carta de dimisión al departamento de Recursos Humanos sin dar demasiadas explicaciones, agradeció la oportunidad que le habían brindado de trabajar allí y abandonó para siempre aquel rascacielos.
Nadie le preguntó con insistencia por qué renunciaba. Al fin y al cabo, no era más que una empleada administrativa, y su marcha no supondría ningún impacto para la empresa.
Y eso, precisamente, la alivió.
Después fue a visitar la tumba de su madre, fallecida unos meses atrás tras permanecer durante mucho tiempo en coma.
Al final, también había perdido al único miembro de su familia.
Pero al menos sabía que había hecho todo lo que estaba en su mano para salvarla.
No le quedaba ningún arrepentimiento.
Mientras contemplaba la lápida, recordó todo lo que Mateo había hecho por ella.
Pasara lo que pasara, no podía negar que él la había ayudado enormemente, incluso ocupándose de los preparativos del funeral de su madre.
Aunque ese hecho ya no cambiaría la decisión que había tomado.
Cuando sintió que ya no le quedaba nada pendiente, comprendió que había llegado el momento de marcharse.
Y ahora estaba allí, de pie frente al mostrador de facturación del aeropuerto internacional.
Su destino era Nueva Zelanda.
Un país que soñaba visitar desde que era niña.
Había leído sobre el lago Tekapo y sus aguas cristalinas, sobre las montañas cuyas cumbres permanecían cubiertas por nieves eternas y sobre interminables praderas verdes que parecían no tener fin.
Siempre había deseado contemplar aquellos paisajes con sus propios ojos.
Jamás imaginó que terminaría viajando al país de sus sueños.
No solo para huir.
Sino para empezar una nueva vida.
Sin embargo, mientras esperaba su turno para facturar el equipaje, su cuerpo empezó a comportarse de forma extraña.
Sintió un repentino mareo.
El estómago se le revolvió y un dolor sordo comenzó a latirle en la cabeza.
Además, una extraña sensación de agotamiento se apoderó de ella sin explicación alguna.
Al principio decidió ignorarlo.
Pensó que todo era consecuencia del estrés acumulado durante los últimos días.
Aquello ya le había ocurrido antes y nunca había pasado de unas simples molestias.
Pero cuando llegó a la sala de embarque, las náuseas regresaron con mucha más fuerza.
Tuvo que correr hasta el baño para vomitar, aunque su estómago ya estaba completamente vacío.
Después se lavó la cara y observó su reflejo en el espejo.
—¿Por qué mi cuerpo tiene que rebelarse precisamente ahora? —murmuró para sí misma—. Por favor... resiste un poco más. No te rindas. Al menos déjame llegar a mi destino.
Intentó darse ánimos.
No podía permitir que sus planes se derrumbaran por culpa del cansancio.
Por eso entró en una pequeña farmacia del aeropuerto para comprar un medicamento contra las náuseas, unos caramelos de jengibre y... sin saber muy bien por qué, casi sin pensarlo...
También compró un test de embarazo.
Cuando el avión ya había despegado, una repentina curiosidad comenzó a invadirla.
Abrió su pequeño bolso y sacó la caja del test que había comprado impulsivamente.
Sabía que lo más sensato era esperar hasta llegar a Nueva Zelanda para confirmar aquella remota posibilidad.
Pero sus manos parecían actuar por voluntad propia.
Entró en el estrecho baño del avión con la caja entre las manos.
Dentro del diminuto compartimento siguió cuidadosamente las instrucciones del envase.
Le temblaban ligeramente las manos mientras esperaba el resultado.
Un minuto le pareció una eternidad.
Y entonces...
Las líneas comenzaron a aparecer poco a poco.
Dos líneas.
Positivo.
Lucía sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.
—No... —susurró con la voz quebrada—. No puede ser...
Apretó el test con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
¿Cómo era posible que estuviera esperando un hijo del hombre que acababa de abandonarla por otra mujer?
Lo miró otra vez.
Esperaba que aquellas líneas desaparecieran.
Que todo hubiera sido una alucinación.
Pero seguían allí.
Incluso parecían más intensas y nítidas que antes.
Lucía apoyó la espalda contra la pared del baño del avión.
Su pecho subía y bajaba con rapidez.
Las lágrimas comenzaron a empañar sus ojos.
No eran lágrimas de tristeza.
Eran lágrimas de confusión, de miedo... y de algo más que ni siquiera era capaz de identificar.
Permaneció inmóvil durante unos instantes, sin saber qué hacer.
Finalmente guardó el test en el bolso, volvió a lavarse la cara y regresó a su asiento.
Se quedó mirando en silencio por la ventanilla.
Poco a poco, un nuevo propósito comenzó a abrirse paso en su corazón.
Quizá no fuera tan malo empezar una nueva vida en un país desconocido...
Si no estaba completamente sola.
---
Tres días después de la partida de Lucía hacia Nueva Zelanda, Mateo regresó por fin.
Nada más abrir la puerta del apartamento, se quedó inmóvil.
Había algo diferente.
Normalmente, incluso con las luces apagadas, aquel lugar conservaba una calidez invisible.
Pero esa noche...
El apartamento estaba frío.
Y terriblemente silencioso.
Mateo encendió la luz del salón y dirigió una rápida mirada al sofá.
Vacío.
Lucía no estaba allí, dormida mientras lo esperaba, como tantas otras veces.
Entró entonces en el dormitorio.
La cama estaba perfectamente hecha.
Parecía llevar días sin utilizarse.
Mateo frunció ligeramente el ceño.
—¿Lucía?
Su voz resonó en el vacío de la estancia.
Nadie respondió.
Abrió el armario.
Algunas perchas estaban vacías.
No muchas, porque Lucía nunca había tenido demasiada ropa.
Pero enseguida se dio cuenta de que tampoco estaba la vieja maleta de ella.
Por un instante sintió un extraño peso en el pecho.
Sacó el teléfono móvil y marcó su número.
«El número al que llama está apagado o fuera de cobertura.»
Volvió a intentarlo.
Y otra vez.
Sin éxito.
Una sensación de pánico comenzó a abrirse paso dentro de él.
Encendió todas las luces del apartamento.
Una tras otra.
El salón.
La cocina.
El baño.
El balcón.
Lucía no estaba en ninguna parte.
—¡Lucía!
Su voz sonó mucho más alta esta vez.
Pero el silencio siguió siendo la única respuesta.
Mateo soltó un resoplido impaciente.
Volvió a sacar el móvil con intención de llamar a alguien.
Sin embargo, su mano se detuvo al ver algo sobre la mesa del comedor.
Se acercó lentamente.
Sobre la mesa de madera de teca donde solía desayunar descansaba una hoja de papel cuidadosamente doblada.
Encima había un anillo.
Mateo tomó el anillo entre los dedos.
En cuanto lo reconoció, sintió un vuelco en el corazón.
Era el mismo anillo que había colocado en el dedo anular de Lucía el día de su boda.
—¿Qué demonios está intentando hacer...? —murmuró mientras volvía a fruncir el ceño.
Entonces su mirada volvió a detenerse en el papel doblado.
Lo tomó y lo abrió.
Esta vez, sus ojos se abrieron de par en par.
Era una solicitud de divorcio.
Y, al final del documento, estaba la firma de su esposa.
Lucía Navarro.
Mateo se quedó inmóvil.
El mundo a su alrededor pareció detenerse.
Miró fijamente el documento y volvió a leerlo.
Una vez.
Y otra.
Pero su mente se negaba a aceptar lo que tenía delante.
—Lucía...
Pronunció su nombre con un gruñido contenido.
Su expresión se endureció hasta el extremo, como si estuviera a punto de destruir todo cuanto tenía delante.
Jamás había imaginado que Lucía pudiera abandonarlo.
Aquella mujer había firmado los papeles del divorcio sin decirle una sola palabra cara a cara.
Mateo no estaba preparado para aquello.
De todas las posibilidades que había contemplado, que Lucía lo dejara era la más imposible de imaginar.
Ni siquiera sabía describir lo que sentía en aquel momento.
Solo sabía que la frustración que lo invadía era la de un niño al que acababan de arrebatarle su juguete favorito.
—No puedes dejarme así, Lucía... —dijo con la mirada cada vez más fría—. No puedes hacerme esto...
Arrugó violentamente los papeles del divorcio y los lanzó al suelo.
Respirando con dificultad, barrió con ambos brazos todo lo que había sobre la mesa.
Los objetos cayeron al suelo con un estruendo ensordecedor.
En cuestión de segundos, la habitación quedó completamente destrozada.
Mateo permaneció inmóvil un instante al darse cuenta de lo que acababa de hacer.
Su respiración seguía agitada.
Pero, al momento siguiente, esbozó una sonrisa cargada de sarcasmo.
—Muy bien... Márchate si eso es lo que quieres. Ya veremos cuánto tiempo consigues sobrevivir ahí fuera sin mí.







