Capítulo 5

Habían pasado dos meses desde que Lucía voló a Nueva Zelanda.

En una pequeña localidad, lejos del bullicio de Auckland, Lucía vivía ahora en una acogedora casa de estilo cottage, rodeada de inmensos prados verdes y de una hilera de altos pinos.

La casa pertenecía a George y Margaret Campbell, un amable matrimonio de ancianos ya jubilados que nunca había tenido hijos y que regentaba una pequeña floristería en el centro del pueblo.

Conocieron a Lucía en una pequeña cafetería pocos días después de su llegada.

La joven parecía completamente desorientada y agotada, lo que llevó a Margaret, con la calidez natural propia de una mujer de su edad, a acercarse para conversar con ella.

Unas horas más tarde, Lucía ya estaba instalada en su acogedora casa y había recibido una oferta para trabajar en la floristería.

—Necesitábamos a alguien que nos ayudara en la tienda y, además, buscábamos un inquilino para esta casa, que lleva demasiado tiempo vacía. No nos importa cobrar un alquiler por debajo del precio habitual; lo importante es que la casa no termine convertida en un lugar abandonado —le dijo Margaret aquel día con una sonrisa—. Es una coincidencia maravillosa. O quizá deberíamos llamarlo destino.

Lucía lloró aquella noche.

No de tristeza.

Sino porque jamás imaginó encontrar tanta bondad en un lugar desconocido.

Cuando sentía que estaba completamente sola en el mundo, dos ancianos desconocidos le habían ofrecido un hogar y un trabajo.

Ahora, dos meses después, Lucía empezaba a acostumbrarse a su nueva vida.

Cada mañana se levantaba temprano para ayudar a George a abrir la floristería.

El aroma fresco de las flores recién llegadas, el aire frío que le acariciaba el rostro y la vista de las montañas a lo lejos conseguían aliviar poco a poco el peso de su corazón.

Aprendió a preparar ramos, a reconocer flores y plantas cuyos nombres jamás había conocido y, sobre todo, aprendió a sonreír de nuevo sin tener que obligarse.

Con dieciséis semanas de embarazo, su vientre comenzaba a hacerse evidente.

El pequeño bulto que antes podía ocultar bajo ropa holgada ya empezaba a notarse claramente.

Cada vez que se miraba al espejo veía cómo su cuerpo cambiaba, lenta pero inevitablemente.

Iba a convertirse en madre.

Las náuseas matutinas que había sufrido al llegar a Nueva Zelanda ya habían desaparecido.

Sin embargo, otra preocupación comenzaba a ocupar su lugar.

¿Cómo iba a criar sola a aquel niño?

En un país extranjero.

Sin familia.

Lucía acarició suavemente su vientre.

Sintió un pequeño movimiento que hacía poco había empezado a notar.

La primera patadita.

La pequeña vida que crecía dentro de ella.

—Mamá hará todo lo posible por ti —susurró con ternura—. Te lo prometo. Pase lo que pase, siempre sabrás cuánto te quiere mamá.

Mientras tanto, al otro lado del mundo...

En el despacho del director ejecutivo de Valderrama Group, Mateo acababa de regresar de una importante reunión.

Estaba revisando varios asuntos con Diego cuando, de repente, recordó algo.

—¿Has averiguado algo sobre el paradero de Lucía? —preguntó.

La mano de Diego, que estaba pasando unas páginas, se detuvo de inmediato.

—Lo siento, señor...

Mateo soltó un suspiro mientras desviaba la mirada.

Sabía perfectamente que, cuando Diego respondía de aquella manera, significaba que no había ninguna novedad.

Habían pasado ya dos meses.

Lo único que habían conseguido averiguar era que Lucía había viajado a Nueva Zelanda.

Después de eso...

Nada.

No había registros de nuevas reservas de vuelos, retiradas de dinero, llamadas telefónicas ni ningún otro movimiento que pudiera revelar dónde se encontraba.

Lucía había desaparecido como si la tierra se la hubiera tragado.

Y aquello empezaba a frustrar profundamente a Mateo.

—¿De verdad has hecho todo lo que estaba en tu mano, Diego? —preguntó esta vez con un tono más severo.

—He hecho todo lo posible, señor. Pero la señorita Lucía no ha dejado absolutamente ningún rastro. Aun así, seguiré buscándola.

Mateo no respondió.

En realidad sabía que Diego se había esforzado al máximo.

Era Lucía quien parecía decidida a no ser encontrada.

Él mismo había viajado personalmente a Nueva Zelanda en cuanto supo que ella se había marchado allí, utilizando un viaje de negocios como excusa.

Pero aquella búsqueda tampoco dio ningún resultado.

Ni una sola pista.

—Señor...

La voz de Diego interrumpió sus pensamientos.

—Hay otra cosa.

Mateo levantó la vista, frunciendo ligeramente el ceño.

—¿Qué ocurre?

—Hoy tiene previsto almorzar con la señorita Alessa a las doce.

Mateo volvió a fruncir el ceño.

—¿Almorzar con Alessa?

Parecía haber olvidado por completo aquel compromiso.

—Cancélalo. Dile que me ha surgido una reunión urgente.

—Pero esa cita se organizó hace dos semanas. La señorita Alessa ya confirmó su asistencia.

—Arréglatelas como puedas. Invéntate cualquier excusa. No quiero verla hoy.

—Señor...

Diego dudó unos instantes antes de continuar, temiendo decir algo inapropiado.

—Con todos mis respetos, la señorita Alessa es su prometida. No debería cancelar una cita simplemente porque no le apetece asistir.

Mateo levantó lentamente la mirada y lo observó con frialdad.

Pero antes de que pudiera responder...

Llamaron a la puerta.

Una mujer vestida con un exclusivo vestido de diseñador entró en el despacho llevando una elegante cesta de comida.

Su largo cabello negro caía impecablemente sobre los hombros y sonreía con absoluta seguridad en sí misma.

Alessa Montenegro.

—Hola, Mateo —saludó con una voz dulce y cercana—. Sé que estás muy ocupado, así que he decidido venir personalmente y traer el almuerzo para los dos.

Mateo la observó con una expresión imposible de descifrar.

No le gustaban las interrupciones.

Y mucho menos que alguien entrara en su despacho sin permiso.

Pero, tal y como Diego acababa de recordarle, Alessa era su prometida.

Y, ante la opinión pública, formaban la pareja perfecta.

Diego dirigió una rápida mirada a Mateo, como diciéndole en silencio que le había sido imposible impedir que ella entrara.

—Con su permiso.

Hizo una respetuosa inclinación y abandonó el despacho, cerrando la puerta con suavidad.

Alessa se acercó al escritorio y comenzó a sacar la comida de la cesta.

Había varios platos de cocina italiana, una botella de agua mineral importada y dos elegantes juegos de cubiertos.

—Sabes que casi nunca almorzamos juntos. Pensé que sería una buena oportunidad para pasar un rato los dos.

Mateo permaneció inmóvil unos instantes.

Finalmente soltó un leve suspiro, tomó asiento frente a ella y dijo:

—De acuerdo. Comamos.

Alessa sonrió y comenzó a comer, elogiando de vez en cuando los platos que había encargado en su restaurante favorito.

Sin embargo, después de unos minutos, su sonrisa empezó a apagarse.

—Mateo... llevamos cinco años comprometidos.

Su voz adquirió un tono mucho más serio.

—Quiero hablar de nuestra boda.

Mateo dejó de masticar.

La miró sin alterar lo más mínimo su expresión.

—Mis padres no dejan de presionarme. Dicen que llevamos demasiado tiempo comprometidos. Y, sinceramente, yo también lo creo. Cinco años son más que suficientes para conocernos. Creo que ha llegado el momento de dar el siguiente paso.

Dejó el tenedor sobre la mesa y lo miró con una expresión llena de esperanza.

—¿Cuándo nos casaremos, Mateo? Me gustaría que fijáramos una fecha cuanto antes.

Mateo guardó silencio.

La observó fijamente.

Durante varios segundos, el despacho quedó completamente en silencio.

Finalmente respondió con una voz fría y completamente inexpresiva.

—Alessa... no recuerdo haber aceptado casarme.

Alessa se quedó petrificada.

La sonrisa desapareció de su rostro, sustituida por una mezcla de sorpresa e incredulidad.

—¿Qué... qué quieres decir?

Mateo siguió mirándola con aquellos ojos penetrantes imposibles de interpretar.

—Acepté comprometerme contigo por el bien de la alianza entre nuestras familias. Pero no recuerdo haber dicho jamás que fuera a casarme contigo.

Alessa permaneció muda.

El color abandonó lentamente su rostro.

La mano con la que sujetaba el vaso de agua comenzó a temblar ligeramente.

—¿Qué...?

—Será mejor que vuelvas a leer el acuerdo que ambos firmamos en su día. En ninguna de sus cláusulas aparece la palabra «matrimonio». Así que no se te ocurra incumplir lo pactado... o nuestra colaboración terminará aquí mismo.

La mirada de Mateo era aún más fría que unos instantes antes.

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