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—Tengo un viaje de negocios. No me esperes. Acuéstate primero.
Una sonrisa amarga se dibujó en los labios de Lucía.
Un viaje de negocios. La excusa de siempre, la misma que había aceptado sin protestar durante todo un año de matrimonio secreto. Como simple empleada administrativa del departamento jurídico de Valderrama Group, Lucía conocía mejor que nadie lo apretada que era la agenda del director ejecutivo. Siempre se obligaba a comprenderlo. Siempre aceptaba sin rechistar su condición de «esposa secreta» para proteger la posición de Mateo frente a las intrigas del consejo de administración, cuyos miembros insistían en que el heredero debía casarse con una mujer de su misma categoría social.
Pero la ilusión de aquel supuesto «viaje de negocios» se hizo añicos con un solo destello en la pantalla.
Las notificaciones del chat del trabajo comenzaron a llegar una tras otra. Lucía abrió la conversación y, en ese mismo instante, sintió que el aire se le quedaba atascado en la garganta.
Era una fotografía tomada aquella misma noche en el comedor privado de un hotel de cinco estrellas.
Allí estaba Mateo, sentado entre sus padres. Vestía un impecable traje oscuro que realzaba su porte elegante y firme. Era el mismo hombre que, apenas unas horas antes, le había recordado con voz indiferente que no olvidara almorzar.
Pero esa noche había alguien más a su lado.
Una mujer vestida con un elegante diseño de alta costura, con el cabello cuidadosamente recogido y una sonrisa que reflejaba la distinción de la alta sociedad.
Alessa Montenegro.
La única hija del poderoso conglomerado rival de los Valderrama.
En la fotografía, Mateo escuchaba atentamente lo que ella decía, con la cabeza ligeramente inclinada, un gesto de atención que jamás había tenido con Lucía delante de otras personas.
Debajo de la imagen aparecía un enlace a una noticia publicada por el principal portal de información empresarial. Lo había compartido el jefe del equipo jurídico, acompañado de una avalancha de comentarios entusiastas de sus compañeros.
«Alianza entre dos gigantes: las familias Valderrama y Montenegro celebran una reunión oficial para preparar el matrimonio de sus herederos.»
El pecho de Lucía se estremeció violentamente.
La mano con la que sostenía el teléfono comenzó a temblar tanto que golpeó sin querer la cuchara sobre la mesa. El metálico tintineo resonó con una tristeza insoportable en el silencio del apartamento.
¿Preparar el matrimonio?
Leyó aquella frase una y otra vez hasta que sintió que le ardían los ojos.
Un año atrás, cuando Mateo la había rescatado de la desesperación —la había librado de los prestamistas, había pagado por completo el tratamiento de su madre moribunda y, después, le había propuesto un matrimonio secreto—, Lucía creyó ser la mujer más afortunada del mundo.
Se enamoró de Mateo no por su riqueza, sino por la protección que él le ofreció cuando su mundo se estaba derrumbando.
Para Lucía, Mateo era un salvador frío, pero irresistible.
Detrás de aquella mirada severa que infundía temor a todos los empleados de la empresa, existía un hombre que la abrazaba en silencio durante las noches oscuras y le regalaba un pequeño calor que la hacía creer que, algún día, aquel matrimonio secreto tendría un final feliz.
¿Por qué debían mantenerlo en secreto?
Porque Mateo siempre le decía:
—Espera a que mi posición en el consejo de administración sea completamente sólida, Lucía. Si descubren que me he casado con una simple empleada, me destruirán.
Y Lucía le creyó.
Aceptó convertirse en su esposa secreta. Bajaba la cabeza cada vez que Mateo recorría los pasillos de la empresa con aquella presencia imponente que intimidaba a todos. Fingía ser una completa desconocida por el hombre al que amaba.
Pero aquella noche, al verlo tan perfectamente compenetrado con Alessa Montenegro en aquella fotografía, la realidad la golpeó con una crueldad insoportable.
Mateo no estaba protegiendo su matrimonio.
Quizá solo estaba ganando tiempo para ponerle fin.
Comprendió que, para la familia Valderrama y para todo el mundo, Lucía Navarro nunca había existido.
Y que, frente a una alianza empresarial valorada en miles de millones, su condición de esposa secreta no era más que un simple papel que podía romperse en cualquier momento.
Las lágrimas que había estado conteniendo terminaron por deslizarse sobre sus mejillas, cayendo sobre la pantalla del teléfono, donde seguía apareciendo el rostro de su marido junto a otra mujer.
Aquella noche, Lucía fue incapaz de probar bocado. Tampoco pudo cerrar los ojos.
Permaneció sentada en el sofá del apartamento que compartían, esperando el regreso de Mateo con el corazón sumido en la incertidumbre.
Hasta que, finalmente, escuchó el sonido del teclado de la cerradura electrónica y unos pasos entrando en la vivienda.
—¿Todavía no estás dormida?
Mateo parecía ligeramente sorprendido al encontrarla sentada en la penumbra.
Lucía levantó la vista y lo contempló con una expresión imposible de describir.
—Te estaba esperando... —respondió en voz baja, con el tono resignado de alguien que ya había perdido toda esperanza.
Mateo encendió la luz y observó a Lucía, abrazándose las rodillas sobre el sofá.
—¿Qué haces aquí?
—Ya te lo he dicho. Te estaba esperando.
Mateo frunció ligeramente el ceño.
No era propio de Lucía comportarse de aquella manera.
—¿No te envié un mensaje diciéndote que te acostaras y que no me esperaras?
Lucía guardó silencio unos instantes y bajó la mirada.
Quería preguntarle si la noticia que había leído era cierta, pero no encontraba el valor para hacerlo.
—¿Cómo ha ido el viaje de negocios? ¿Ha salido todo bien?
Al final, esas fueron las únicas palabras que consiguió pronunciar.
—Sí. Ha ido bastante bien.
Mateo respondió con naturalidad mientras entraba en el dormitorio y se quitaba el abrigo.
Lucía se levantó y lo siguió.
Su corazón latía con fuerza, pero hizo todo lo posible por mantener la calma.
—Mateo...
Él se volvió y detuvo el movimiento con el que estaba aflojándose la corbata.
—¿Cuándo... anunciarás nuestro matrimonio? —preguntó Lucía con la voz contenida—. ¿Cuándo le dirás a todo el mundo que soy tu esposa?
Lucía vio cómo el rostro de Mateo se endurecía, como si aquella fuera precisamente la pregunta que menos deseaba escuchar.
Y eso solo confirmó el temor que llevaba horas creciendo dentro de ella.
Tal vez Mateo jamás había tenido intención de hacer público su matrimonio.
—¿Por qué preguntas eso de repente?
Mateo dio unos pasos hacia ella.
La intensidad de su mirada parecía atravesarle el pecho.
—Solo quería saberlo...
Lucía respondió con la cabeza baja, incapaz de sostener la mirada de su propio marido.
Mateo dejó escapar un largo suspiro.
—Ya te lo expliqué. Ahora mismo no podemos hacerlo.
Lucía no respondió.
—Lucía, escúchame.
Mateo sujetó suavemente sus hombros, obligándola a levantar la cabeza.
—Mi posición como heredero todavía no es lo bastante sólida. Hay demasiadas personas esperando cualquier oportunidad para atacar mis puntos débiles. Si nuestro matrimonio sale a la luz, les estaríamos dando exactamente el arma que necesitan para destruirme.
—Entonces... ¿yo soy tu punto débil?
Su voz fue apenas un susurro.
En el fondo siempre había conocido esa respuesta.
Pero escucharla de forma tan clara era como recibir una bofetada de la realidad.
—No es eso lo que quería decir...
—Mateo...
Lucía volvió a levantar la vista y lo miró directamente a los ojos.
—Si para conservar tu posición tuvieras que casarte con una mujer de una familia poderosa... ¿lo harías?
Mateo se quedó inmóvil.
La pregunta lo tomó completamente por sorpresa.
Entre la incredulidad y el desconcierto, permaneció en silencio, incapaz de encontrar una respuesta.
Lucía apartó lentamente la mirada.
Aquel silencio era la respuesta más clara de todas.
Ella no significaba nada.
Mateo podía reemplazarla por cualquier otra mujer cuando le conviniera.
Y más aún si era por el bien de la empresa.







