Mundo ficciónIniciar sesiónLos rayos del sol se colaban por el hueco entre las cortinas del apartamento.
Mateo se despertó lentamente. Todavía tenía los ojos medio cerrados y el cuerpo sumido en ese estado entre el sueño y la vigilia cuando se levantó y salió del dormitorio con paso vacilante.
—Lucía, prepárame un té de jengibre con miel —pidió con voz ronca y adormilada.
Era una costumbre. Siempre que se despertaba sintiéndose algo indispuesto, le pedía que le preparara aquella bebida.
Pero aquella mañana no obtuvo respuesta.
—¿Lucía?
La llamó de nuevo.
Seguía sin haber respuesta.
Sus pasos se detuvieron en el comedor.
Abrió por completo los ojos al ver varios objetos esparcidos por el suelo.
De inmediato regresó a su mente todo lo ocurrido la noche anterior.
Fue entonces cuando comprendió que acababa de llamar a alguien que ya se había marchado, dejando tras de sí unos papeles de divorcio.
—¡Maldita sea!
La maldición escapó de sus labios sin que él mismo supiera si iba dirigida contra sí mismo o contra la persona que había convertido su mañana en un auténtico desastre.
Atravesó el comedor sin molestarse en recoger el desorden.
Entró en el baño, se duchó con agua fría, se vistió y salió del apartamento sin siquiera desayunar.
En las oficinas de Valderrama Group el ambiente también parecía distinto.
Mateo cruzó la entrada con un rostro más frío que de costumbre.
Los empleados que se cruzaban con él por los pasillos agachaban inmediatamente la cabeza y se apartaban de su camino, intimidados por el aura sombría que desprendía el director ejecutivo.
Subió hasta su amplio despacho, situado en la última planta del edificio.
Normalmente, Lucía iba y venía por el departamento jurídico, varios pisos más abajo.
Aunque Mateo no pudiera mirarla ni dirigirle la palabra, el simple hecho de saber que ella se encontraba en el mismo edificio le proporcionaba una tranquilidad de la que ni siquiera él era consciente.
Pero aquel día...
No la vio por ninguna parte.
Seguía enfadado y no tenía intención de darle más vueltas al asunto.
Se sentó en su sillón ejecutivo e intentó concentrarse en el trabajo como hacía siempre.
Sin embargo, pasó un buen rato y seguía siendo incapaz de concentrarse.
Finalmente, apoyó la espalda en el respaldo y dejó escapar un largo suspiro.
Después pulsó el interfono.
—Diego, ven a mi despacho.
Pocos instantes después, un hombre de poco más de treinta años entró en la estancia.
Era Diego Vega, su asistente personal desde hacía cinco años.
Habían sido compañeros de universidad, y Mateo lo había reclutado como su hombre de confianza.
Además, era la única persona que conocía la existencia del matrimonio secreto entre Mateo y Lucía.
—¿Puedo ayudarle en algo, señor? —preguntó Diego con tono profesional, permaneciendo erguido frente al escritorio.
Mateo lo observó unos segundos antes de hablar.
—Averigua por qué Lucía no ha venido hoy al trabajo.
Diego frunció ligeramente el ceño, aunque enseguida asintió.
—Ahora mismo lo consultaré con Recursos Humanos.
Se dio la vuelta y salió del despacho.
Unos minutos después regresó con una expresión distinta, como si la información que había obtenido no fuera precisamente agradable.
—Señor... —comenzó con cautela—. He hablado con Recursos Humanos. La señorita Lucía presentó su dimisión hace unos días.
Mateo se quedó inmóvil.
—¿Qué has dicho?
—Según consta en el registro, entregó la carta de renuncia sin especificar ningún motivo. Solo agradeció la oportunidad de haber trabajado aquí y abandonó el edificio. No hubo ningún aviso previo.
Mateo permaneció en silencio.
La mano que descansaba sobre el escritorio se cerró en un puño.
Diego observó cuidadosamente a su jefe.
Aunque nunca se entrometía en asuntos personales, era uno de los pocos que conocían el matrimonio secreto entre Mateo y Lucía.
—Señor... si me permite preguntarlo... ¿ha ocurrido algo entre usted y la señorita Lucía?
Mateo giró lentamente la cabeza y le lanzó una mirada afilada.
—¿Qué quieres decir?
—Hasta donde yo sé, la señorita Lucía nunca faltaba al trabajo sin una razón de peso, y mucho menos habría dimitido de manera tan repentina. Además, la noticia de su compromiso con la señorita Montenegro ya ha aparecido en numerosos medios de comunicación.
Diego hizo una breve pausa antes de continuar.
—Solo pensé que quizá la señorita Lucía hubiera visto esas noticias. Y, si las vio... es muy probable que se sintiera...
—Basta, Diego —lo interrumpió Mateo con frialdad—. No necesito que analices los sentimientos de Lucía.
Diego inclinó inmediatamente la cabeza.
—Perdón, señor. Solo expresaba mi opinión.
Mateo exhaló un suspiro áspero.
Miró por la ventana que tenía delante, pero era incapaz de concentrarse en otra cosa que no fuera Lucía.
¿Dónde estaría en ese momento?
¿Y qué estaría haciendo?
—Consulta también en Recursos Humanos —ordenó de nuevo, esta vez con un tono algo más calmado—. Averigua si cobró la indemnización, si dejó alguna dirección o algún número de contacto.
Diego asintió.
—Sí, señor. Lo comprobaré enseguida.
Estaba a punto de marcharse cuando volvió a girarse hacia él.
—Pero, señor... ¿quiere decir que la señorita Lucía se marchó de casa?
Al oír aquellas palabras, los ojos de Mateo se abrieron ligeramente.
—Cierra la boca y limítate a hacer lo que te he pedido.
—Sí, señor. Disculpe.
Diego retrocedió de inmediato y abandonó el despacho apresuradamente.
Mateo dejó escapar un profundo suspiro.
Su mente no dejaba de dar vueltas.
Recordó el rostro de Lucía aquella noche.
La forma en que lo había mirado con aquellos ojos llenos de esperanza antes de preguntarle, casi con desesperación:
—Si para conservar tu posición tuvieras que casarte con una mujer de una familia poderosa... ¿lo harías?
En aquel momento él había permanecido en silencio.
No respondió.
Y, después de eso, Lucía tampoco volvió a decir una sola palabra.
—Señor.
La voz de Diego lo sacó de sus pensamientos.
Había regresado con una expresión todavía más seria.
—La señorita Lucía no ha cobrado la indemnización. Tampoco dejó ninguna dirección ni un nuevo número de contacto. Y...
Hizo una breve pausa.
—Su número de teléfono dejó de estar operativo hace varios días.
Mateo sintió un pinchazo en el pecho.
—Además —continuó Diego—, también he revisado las cámaras de seguridad del edificio. La señorita Lucía fue vista por última vez saliendo de aquí hace tres días. Llevaba una maleta.
Mateo lo miró fijamente.
—¿Una maleta?
—Sí, señor. Parecía... preparada para marcharse de viaje. Quizá un viaje largo.
El rostro de Mateo se endureció.
Permaneció callado unos segundos mientras soltaba un pesado suspiro.
Después se levantó y tomó su abrigo.
—¿Señor?
—Voy a salir un momento. No me sigas.
Diego estuvo a punto de recordarle que dentro de poco tenía una reunión importante, pero al ver la expresión de su jefe decidió cerrar la boca.
—Si alguien pregunta por mí, dile que tengo un asunto importante que atender.
—Sí, señor.
No le quedó otra opción que obedecer.
Mateo condujo hasta las afueras de la ciudad.
Su destino era una vieja casa donde Lucía había vivido con su difunta madre.
Recordaba perfectamente que ella le había dicho una vez que aquella era la única propiedad que poseía.
Nada más llegar comenzó a buscarla.
Llamó varias veces a la puerta mientras pronunciaba su nombre.
Pero nadie respondió.
Desde la casa contigua salió una anciana que lo observó con cierta desconfianza.
—¿A quién busca, hijo?
Mateo se volvió hacia ella.
—Estoy buscando a Lucía. ¿Está aquí?
La mujer frunció el ceño y negó con la cabeza.
—¿Lucía? ¿La muchacha que vivía aquí con su madre? Hace muchísimo tiempo que no vuelve. Más de un año, diría yo. Escuché que se casó y que ahora vive en otro sitio, pero no sé dónde.
El pecho de Mateo se estremeció.
—¿De verdad no ha regresado? ¿Ni siquiera hace poco?
—No. Nadie ha venido por aquí.
Mateo permaneció inmóvil frente a la vieja casa, observándola con una sensación imposible de describir.
Lucía no había regresado allí.
No había vuelto al único lugar que había llamado hogar antes de casarse.
Entonces...
¿Adónde había ido?
Regresó al coche y se sentó al volante.
Sujetó el volante con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
Sacó el móvil e intentó llamarla una vez más.
«El número al que llama está apagado o fuera de cobertura.»
Apretó la pantalla con brusquedad y lanzó el teléfono al asiento del copiloto.
—¿Dónde te has metido, Lucía...? —murmuró en voz baja.
Había irritación en su voz.
Pero también había algo que ni siquiera él estaba dispuesto a admitir.
Preocupación.
El coche regresó a toda velocidad a las oficinas, aunque la mente de Mateo seguía en otra parte.
Nada más llegar entró directamente en su despacho y llamó a Diego con impaciencia.
—¡Diego!
Su asistente apareció enseguida.
—¿Sí, señor?
—Quiero que averigües dónde está Lucía ahora mismo. Utiliza todos los recursos que tengas. Contacta con quien sea necesario. Quiero saber dónde está.
Diego asintió, aunque no dejó de observar atentamente a su jefe.
—Señor... entonces la señorita Lucía realmente se marchó de su apartamento.
Mateo le lanzó una mirada glacial.
—Limítate a hacer lo que te ordeno. No hagas más preguntas.
—Sí, señor. Haré todo lo posible.
Diego respondió de inmediato antes de abandonar el despacho.
Mateo volvió a quedarse solo.
Miró fijamente la pared durante un largo momento.
Después metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó un pequeño objeto que llevaba guardando d
esde la noche anterior.
Era el anillo de bodas de Lucía.
Lo apretó con fuerza entre los dedos, sintiendo el frío del metal en la palma de su mano.
—Lucía...
Murmuró su nombre con una mirada tan afilada como el filo de una espada.
—De verdad estás poniendo a prueba mi paciencia.







