Diego se detuvo frente a la puerta del apartamento de Mateo y pulsó el timbre varias veces. No hubo respuesta desde el interior. También intentó llamarlo por teléfono en tres ocasiones, pero Mateo no atendió.No era la primera vez que a Mateo le costaba despertarse por las mañanas. Desde la partida de Lucía, cinco años atrás, la vida personal de aquel hombre se había convertido en un desastre. Y eso, por supuesto, había vuelto el trabajo de Diego mucho más pesado que antes. Por suerte, Mateo le había dado la clave de su apartamento, así que Diego podía entrar sin tener que esperar una respuesta que tardaba en llegar.En cuanto cruzó la puerta, un olor desagradable le golpeó—el rastro persistente de alcohol mezclado con el aire viciado de una estancia cuyas ventanas rara vez se abrían. Los cortinajes gruesos seguían totalmente corridos, bloqueando la luz de la mañana.Diego atravesó la sala de estar, que era un caos. Ropa desperdigada por el sofá, vasos vacíos sobre la mesa y varios do
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