Capítulo 2

Al día siguiente, la oficina de la División Legal del Grupo Valderrama se sentía muy diferente. El ambiente, que normalmente solo se llenaba con el rumor de la fotocopiadora y el tintineo de los teléfonos, ahora bullía con más alboroto y actividad de lo habitual.

Lucía acababa de dejar su bolso sobre la mesa cuando escuchó una conversación animada proveniente de la sala de su equipo.

—¿Han oído? ¡Alessa Montenegro viene hoy!

—¿La hija única del conglomerado Montenegro? ¿La que salió en las noticias ayer?

—Sí. Dicen que el CEO la ha invitado personalmente para que conozca nuestro último proyecto de expansión. Pero parece que están tanteando el terreno antes del compromiso oficial.

Risitas ahogadas estallaron entre algunas de las empleadas al fondo. Lucía se quedó paralizada. Su mano, que se extendía para coger una carpeta de informes, se detuvo en el aire al oír que Alessa Montenegro estaba ahora mismo en el edificio.

—¿Lo han visto? Hacen una pareja perfecta. No sabía que el señor Valderrama supiera sonreír. Normalmente es frío como un témpano, pero delante de la señorita Montenegro se le ve mucho más cálido.

—Claro. Hasta el iceberg más gélido se derrite si se encuentra con el sol. Están destinados el uno para la otra.

Las carcajadas volvieron a oírse.

Lucía respiró hondo y obligó a sus piernas a moverse hacia su mesa de trabajo. Miró la pantalla del ordenador, aún apagada, mientras apretaba los puños temblorosos. Cada una de aquellas palabras le atravesaba el pecho como puñales.

¿Que Mateo sonreía con calidez a Alessa? Qué ironía tan cruel, porque en todo un año siendo su esposa, Lucía jamás había visto una sonrisa cálida en aquel hombre.

—¿En qué demonios he estado pensando todo este tiempo? —murmuró Lucía con amargura.

Se esforzó por dominar la tormenta de emociones que la desbordaba e intentó concentrarse en su trabajo. Sin embargo, como si el universo no hubiera terminado de acorralarla, pronto se topó con otra situación asfixiante.

Mientras caminaba hacia el archivo al final del pasillo con un montón de documentos en brazos, Lucía se cruzó con Mateo y Alessa, que acababan de salir de la sala de juntas VIP. Ambos caminaban lado a lado hacia el vestíbulo, charlando animadamente.

Lucía quiso darse la vuelta y esquivarlos, pero ya era tarde; Mateo y Alessa ya la habían visto. Sin otra opción, Lucía no tuvo más remedio que saludar, inclinándose profundamente ante su propio marido, que paseaba junto a otra mujer.

—Buenas tardes, señor Valderrama. Buenas tardes, señorita Montenegro —saludó Lucía con una voz que procuró que no temblara, como la de cualquier empleada que se dirige a los altos directivos de la empresa.

Por el rabillo del ojo, con la cabeza aún gacha, Lucía pudo ver cómo los zapatos Oxford negros de Mateo se detenían un instante. Solo un instante. Luego, reanudaron la marcha.

Mateo no respondió. Ni asintió, ni siquiera le dirigió una mirada. Pasó de largo junto a Lucía como si ella no fuera absolutamente nada para él. Como si un año de matrimonio y de compartir la misma cama nunca hubiera ocurrido.

Algo se rompió dentro de Lucía en aquel momento. No era ira ni decepción. Solo una conciencia fría y amarga, como un chorro de agua de pozo que te empapa en plena noche.

A partir de aquel día, todo se volvió aún más doloroso para Lucía. La actitud de Mateo se tornó más gélida que antes. Y esta vez, el hombre tampoco volvió a casa.

—Tengo un viaje de negocios a Singapur. No me esperes.

Otro mensaje como aquel. Lucía lo leyó una y otra vez hasta que la pantalla del móvil casi se apagaba. Pero esta vez, no preguntó ni respondió. Que así fuera. Ya no necesitaba reafirmar su posición ante Mateo.

Los días pasaron sin que Mateo diera señales, mientras en la oficina los rumores sobre el inminente compromiso del hombre con Alessa Montenegro se intensificaban.

Lucía pidió explicaciones, pero Mateo solo envió un breve mensaje como respuesta:

«Cuando vuelva, te lo explicaré todo».

Y Lucía eligió creer una vez más en su marido y esperar su regreso. Aunque, al final, una vez más sus sentimientos fueron arrollados.

Dos semanas después de que Mateo no volviera a casa con la excusa del viaje de negocios, la página de la cuenta empresarial, seguida por miles de personas, publicó una nueva noticia.

«NOTICIA EXCLUSIVA: Mateo Valderrama y Alessa Montenegro han celebrado su compromiso en Ginebra, Suiza, según fuentes cercanas a la familia. Los padres de ambos han dado su bendición, y la boda está prevista para finales de este año».

La foto que acompañaba la publicación mostraba a Mateo y Alessa en un restaurante de lujo con montañas nevadas al fondo. En el anular de Alessa lucía un enorme diamante que centelleaba bajo la luz. Mateo, a su lado, esbozaba una leve sonrisa.

El mundo de Lucía se detuvo. El móvil cayó al suelo con un golpe seco. De repente, sintió un vacío y una soledad tan inmensos que la asfixiaban. La imagen del rostro sonriente de Mateo parecía compadecerse y burlarse de ella al mismo tiempo.

Y entonces, el llanto de Lucía estalló.

No era un sollozo contenido que pudiera ocultarse bajo las sábanas, ni lágrimas silenciosas que resbalaban sin hacer ruido. Era un llanto que brotaba del lugar más profundo de su corazón, ese que durante un año había protegido con uñas y dientes. El pecho le ardía como si manos invisibles lo desgarraran. Cada respiración era como aspirar fragmentos de cristal.

Mateo...

Su nombre escapó entre sollozos.

Recordó la primera vez que había visto a aquel hombre. Hacía más de un año, en una calle fría, cuando los cobradores la golpeaban y la amenazaban por no poder pagar los intereses de la deuda. Mientras, en el hospital, su madre yacía en coma y las facturas médicas se amontonaban como una montaña.

Fue entonces cuando Mateo llegó como un ángel caído del cielo. La llevó a casa, curó sus heridas y resolvió todos sus problemas económicos.

Luego, aquellas palabras que Lucía jamás olvidaría en toda su vida: la proposición de matrimonio.

—Cásate conmigo, Lucía —le había dicho Mateo entonces, con la mirada fija en ella—. Quédate a mi lado y no volverás a pasar necesidad. Siempre te protegeré.

Lucía aceptó. No por codicia ni por ansias de lujo, sino porque creyó que Mateo era un ángel enviado por Dios. Creyó que la protegería siempre, tal como él había prometido.

Por eso, cuando Mateo quiso mantener el matrimonio en secreto, Lucía aceptó. Porque, además de proteger la posición de Mateo, él siempre decía que también era por el bien de ella. Para protegerla de quienes querían derribarlo.

Pero aquella noche, Lucía comprendió por fin la verdadera razón. Mateo no quería protegerla; era ella quien nunca había sido digna a sus ojos. Solo era una pobre mujer que Mateo había encontrado al borde del camino, que tal vez despertó su compasión, y a la que se llevó a casa y dejó vivir allí hasta ahora.

Mateo se había casado con ella solo para llenar un vacío, hasta encontrar a la mujer que realmente mereciera ser su esposa.

Lucía tenía que aceptar esa realidad, por amarga que fuera. Por eso, se dirigió al registro civil con una gran decisión. No esperaría a que Mateo la desechara; pondría fin a aquel matrimonio ella primero.

Al menos, eso era el poco orgullo que le quedaba.

Lucía regresó a casa con el acta de divorcio ya firmada y empezó a hacer las maletas. No había mucho que llevar, porque cuando entró en aquel apartamento apenas traía nada consigo.

Dejó el acta de divorcio en la esquina de la mesa del comedor que Mateo solía usar, y luego, por última vez, se volvió para contemplar aquel lugar lleno de recuerdos con toda la carga de sus sentimientos.

Finalmente, Lucía se quitó el anillo de bodas que Mateo le había puesto en el dedo un año atrás, y lo depositó sobre el acta de divorcio.

—Adiós, Mateo —susurró con una voz casi inaudible—. Que seas feliz con tu elección.

Lucía dio un paso y se marchó, dejando atrás aquella casa rebosante de memorias. Dejando atrás a quien, desde el principio, nunca había sido realmente suyo.

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