Todo estaba iluminado por el poder de Ignarion. Sus alas ardían como brasas divinas, y cada rugido era un trueno que estremecía el campo. Me movía con una agilidad que ni yo misma comprendía, como si mis pies supieran el camino antes que mi mente. La daga de luz brillaba en mi mano, cortando sombras y destellos oscuros.
Kasir luchaba a mi lado con la elegancia letal de un elfo entrenado durante siglos; Rose, implacable, invocaba su poder lunar que iluminaba los rincones más oscuros del campo.