Dante la miró, mientras apagaba el teléfono y lo dejaba en la mesa como era su costumbre estaba demasiado exaltada.
—No quiero irme a la cama.
—Ya tuviste toda la excitación que puedes soportar en un día – la cargó en brazos cuando ella trató de caminar en dirección opuesta -. ¿Por qué sonríes?
—Porque siento que entré en el cielo, respondió mirándolo con adoración -, y... y te quiero tanto.
Dante se puso colorado y endureció la mandíbula. Sin preocuparse, ella le rodeó el cuello con lo