Un grito de espanto salió de lo profundo de la garganta de Stacy y, sin pensarlo dos veces, agarra la lámpara de la mesa más cercana y la arranca de la pared en búsqueda de algún arma para protegerse.
—Sea quien seas ¡Retrocede! No tengo miedo de usar esto —dice firmemente.
Sus ojos se abren de par en par y el color se le escapa de su rostro cuando se da cuenta de quién es la mujer que le había hablado.
—¡Detente! No estoy aquí para hacerte daño.
Verónica, la antigua ama de llaves, está parada