Mundo ficciónIniciar sesiónCorinne.
Al escuchar la pregunta del hombre que se llama Danniel me giro, y cuando veo al ojiverde casi correr de la cocina, me preocupo.
¿Pasó algo malo?
Misha llama mi atención para enseñarme a hacer el batido favorito de los hombres, el cual lleva limones que recogí en el huerto que ella me indicó hace unos minutos.
Intento seguir sus instrucciones, pero no me sale de la cabeza la mirada de Adolfo tras mi pregunta.
Parecía muy calculador, observador, y no de una manera en que me sienta completamente cómoda. Sin embargo, debo ser agradecida.
Aunque una parte de mí está más que clara que solo quiero asegurarme de que él cumpla con su promesa.
De que no sea como Jackson.
Tras terminar con los batidos, recibo felicitaciones del grupo de hombres. Me siento un poco tensa cuando sonríen hacia mí, así que le digo a Misha que si necesita mi ayuda en algo, puede buscarme.
Paso el resto de la tarde y la noche en la habitación. Theressa me mira esperando que salga con ella a cenar, pero sacudo la cabeza.
La ansiedad aumenta.
Es como si estuviera esperando que alguno venga por mí.
No pasan muchos minutos cuando Theressa regresa. Los minutos siguen pasando y yo solo puedo ver fijamente la pintura del chihuahua que está en la habitación.
El silencio de la noche hace que los latidos de mi corazón se escuchen por toda la habitación, pero luego mis latidos se detienen cuando escucho ruido en el pasillo.
Alzo la cabeza para mirar hacia el espacio entre la puerta y el suelo, hay sombras del otro lado. Contengo la respiración.
Vienen por mí.
Pero pasan los segundos y eso no ocurre.
Todo se deja de escuchar y no puedo tolerarlo más. Siento que la habitación me consumirá.
Descalza, camino por todo el lugar, hasta que me convenzo de salir. Las luces ya están en su mayoría apagadas, dándole un aura perturbadora a esta gran mansión.
Cruzo el pasillo, y siento un peso en mis hombros.
Alguien viene.
Bajo rápido las escaleras, sin mirar atrás. Mi corazón late con fuerza y las ganas de llorar me nublan la vista.
No sé a dónde voy ni qué estoy haciendo.
Hasta que unos brazos me atrapan.
—Hey…
—No. No. No —suplico, llorando—. No otra vez, por favor. Prometiste que no lo harías. Dijiste que no me harías daño. Por favor. Por favor.
No puedo controlar mis temblores y el recuerdo de aquella tercera noche en la mansión de Jackson. Él dijo que estaría bien, y fue quien me arrebató mi virginidad. Al día siguiente uno de sus hombres me tomó, me quise rehusar, pero él logró controlarme.
Todos son iguales. Me he hecho una falsa ilusión.
—Corinne mírame —dice la voz, fuerte pero suave.
Creí que lo había superado, que estaría bien, pero aquí estoy de nuevo. Atrapada, queriendo rehusarme a pesar de que dije que debía portarme bien.
—No me hagas daño… —suplico.
Cuando mis lágrimas terminan de salir y mi vista se despeja, finalmente me encuentro con esos ojos verdes.
Algo dentro de mí se calma.
—No te haré daño, Corinne. Estás a salvo —asegura.
Sus manos se mantienen en mis hombros, pero el agarre no es fuerte. La forma en que habla, me hace controlar mis sollozos.
Dudo, pero asiento.
Él ve su agarre en mis hombros, parece que duda de algo, pero termina soltándome.
El calor de sus manos desaparece de mis hombros, y de repente siento frío.
¿Por qué no quiero que me suelte?
—Lo… lo lamento, señor —murmuro.
Estamos muy cerca todavía, y me concentro en él, en su perfume, en su rostro, sus ojos.
No veo peligro. No siento que estoy con un monstruo.
Finalmente me calmo.
Él se da cuenta.
—Misha me dijo que no bajaste a comer. Si tienes hambre… puedes ir a la cocina. Hay snacks en el cajón que tiene stickers.
Voy a agradecerle pero él simplemente pasa por mi lado, como si estuviera apurado para llegar a otro lugar, o tal vez con alguien…
Suspiro.
Y aunque sigo teniendo miedo al estar sola en la cocina, comiendo cereales, termino subiendo y quedándome dormida, todavía con el perfume del hombre en mis fosas nasales y sus palabras asegurándome que estoy a salvo.
La mañana siguiente me levanto más temprano que todas. Solo Misha está en la cocina, así que la ayudo a preparar el desayuno. Como con ella, mientras me cuenta otras actividades que puedo hacer si gusto, así que las acepto todas.
Para cuando todas las chicas bajan a comer, les ayudo a ordenar la mesa y luego me dirijo a los baños para limpiarlos. Al asomarme por una de las ventanas, observo a un par de chicas en el jardín. Rápidamente encuentro otra actividad junto a ellas, y más tarde, vuelvo al huerto para sacar unos tomates para el almuerzo.
Es en el huerto donde tengo la oportunidad de cuestionarles la vida aquí.
—Y… ¿Hace cuánto que viven aquí?
Una responde que un año, otra que cinco meses. Sus sonrisas y miradas me aseguran que no hay maltrato, casi siento ganas de llorar por eso.
—Oye, Corinne. ¿Estás bien?
Asiento.
—Es solo que… estaba asustada.
La otra de ellas, la morena, me dice:
—No tienes de qué preocuparte. Las chicas que se han involucrado con hombres aquí, es porque así lo desean. Ya sabes, las chispas del amor…—Y suelta una risita.
Me pasan los tomates los cuales guardo en una canasta, y pienso en el hecho de que, al menos ayer no vi a su jefe con una mujer cerca.
—Y… La esposa del señor Adolfo, ¿cómo es con ustedes? ¿No le molesta que traiga siempre chicas a casa?
Ambas mujeres me miran, luego entre ellas, y la risa que sueltan me hace sentir incomoda.
¿Dije algo estúpido?
La castaña se acerca a mí, viendo a todos lados para asegurarse que nadie más la escuche.
—¿Don Adolfo? Ni siquiera deja que nos acerquemos demasiado. Pero claro, eso no impide que la mayoría intente insinuarse… Es solo que ninguna ha logrado atraparlo —dice, un poco decepcionada.
No sé por qué eso me hace sentir bien.
—Ellas siguen insistiendo —dice la morena y se alza de hombros—. Estoy segura de que es gay.
La castaña suelta un quejido.
—No. Eso sería un desperdicio. Además, tampoco trae hombres, solo los suyos…
La otra le hace una seña para que se calle.
—Ni se te curra pensar que él y Derek…
—¡No pensaba eso! —se defiende—. No hay hombre más hetero que Derek.
Su nombramiento me hace cuestionarles sobre Nancy, por lo que ellas dejan el cotorreo animado a pasar a contarme la historia más triste.
Debí dejar que Jackson la llevara a ella al almacén.
Regresamos para ayudar en la cocina, pero uno de los hombres de Adolfo aparece para pedir ayuda con un desastre en la oficina.
Me ofrezco, pensando en que no he visto al ojiverde hoy, y quisiera agradecerle formalmente por dejarme quedar, así que espero encontrármelo.
Justo cuando llegamos al pasillo donde se encuentra la oficina, veo al hombre llamado Derek salir con un rostro serio, tenso. De inmediato sé que algo ha pasado con ellos.
Escucho un “adelante”, y me adentro con mis cosas de limpieza en manos siendo custodiada por el hombre llamado Danniel.
Lo primero que veo es un líquido amarillo derramándose en el suelo de granito, luego alzo la vista, encontrándome con el ojiverde…
Sin camisa. De espaldas, buscando una camisa en un closet que tiene en una esquina.
Mi respiración se tranca.
Madre mía.
Nunca había visto una espalda tan trabajada junto a un tatuaje tan perfecto; el ciclo de la vida de una rosa. Y el hecho de que sea más alto que cualquier hombre con el que me haya cruzado, no es de ayuda.
Mis mejillas se encienden cuando lo veo girar un poco el rostro hacia mí, sin mover el resto del cuerpo.
Nuestras miradas chocan y mi corazón se acelera.
Veo la forma en que sus músculos se contraen.
Es el hombre más atractivo que he visto en mi miserable vida.
¡Hola a todos! Esta historia me hace mucha ilusión, así que espero que la disfruten. Dejen sus comentarios y opiniones, siempre los leeré, ¡saludos!







