PUNTO DE VISTA DE ISA
La habitación olía a quemado eléctrico mientras Isa estaba sentada frente a tres monitores con las muñecas atadas con bridas. No tan apretadas como para cortar la circulación. Lo justo para recordarle que no se iba.
Un guardia estaba detrás. Podía oírlo respirar, oler su humo de cigarrillo y sentir sus ojos en la nuca.
Llevaba allí seis horas, o tal vez ocho. Ya no la dejaban ver relojes.
—Más rápido —dijo el guardia.
Los dedos de Isa se movían por el teclado, tecleando có