PUNTO DE VISTA DE INÉS
La habitación de almacenamiento olía a polvo y químicos viejos.
Inés apenas había dormido. Cada sonido en el corredor afuera la hacía despertar de golpe, mano alcanzando la barra metálica que había tomado de un carrito de suministros días atrás. Era su arma improvisada y su única protección real.
Pero llegó la mañana y nadie la había encontrado.
Sacó el teléfono que Elena le había dado. Era pequeño, intrazable y encriptado. La pantalla brilló suavemente en la oscuridad.
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