XXXIX
—No estás enamorada de él, ¿verdad? —insistió Adamaris.

Lo que María Fernanda le había explicado durante las últimas dos horas sentada en el jardín, no había sido suficiente para que ella entendiera cómo es que había sucedido todo eso. Su hermana le había dicho que había besado dos veces al hombre que se suponía debía hacer pagar por lo que le había hecho. ¡¿Y de repente se habían besado?!

—¡No seas estúpida! No puedo estar enamorada del hombre que destrozó mi vida. No puedo perdonar al hombre
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