El rugido del motor del Ferrari se mezclaba con el latido acelerado del corazón de Leonardo.
Isabela yacía inconsciente en sus brazos, su respiración irregular y su piel fría al tacto.
La había sacado del almacén sin esperar un segundo más.
No le importaba nada.
Ni las súplicas de los secuestradores, ni las repercusiones de sus actos.
Solo Isabela.
Su esposa, su problema, su tormento…
Su prioridad.
Apretó los dientes con fuerza.
Tenía que resistir.
—No te atrevas a dejarme, Isabela. —susurró, s