Al llegar a casa inconscientemente Dom miró la puerta vecina y con una sonrisa amarga entró a su apartamento arrastrando los pies. Estaba muy jodido, pensó cuando tomó su primer trago de cerveza, solo, sentado en el taburete de la isla con las luces apagadas, vagamente iluminado por la lámpara cálida de encima de la isla.
Sentía que debía mandar todo al diablo en su segunda cerveza, pero el timbré se interpuso entre él y sus capitulaciones de “macho solitario sin esperanzas de volver con su ama