—¡David! —chillo, cubriéndome inmediatamente con las manos y luego intentando sujetar los pedazos del vestido en el medio—. ¡No puedes hacer eso!
—Creo que acabo de hacerlo —responde, agarrándome de la cintura y tirando de mí hacia su regazo—. ¡Ese vestido costaba diez mil dólares!
—No es digno de ti —contesta, disolviendo mi enfado al instante. Sus manos recorren mi espalda ahora desnuda mientras el vestido destrozado cuelga flojo sobre mí.
—Podrías haber dicho simplemente que no te gustaba, c