Mundo ficciónIniciar sesiónValentina
El tequila corre por mi garganta, un fuego líquido que no logra calentar el frío que se ha apoderado de mí. Su mirada es un peso físico sobre mi piel, una exploración lenta y deliberada que me deja desnuda, vulnerable, a pesar de mis resoluciones. Cada segundo en esta mesa es una eternidad. Interpreto un papel, el de la chica valiente, pero el espanto está ahí, agazapado, listo para cerrar sus mandíbulas sobre mi fingida audacia.
Él levanta su vaso, lo observa, lo hace girar lentamente. El brillo ambarino del líquido atrapa la luz tenue.
—Entonces, Valentina. ¿Por dónde piensas empezar?
Su voz es suave, casi juguetona. Pero la intención detrás es afilada como una navaja.
Tomo aire, sabiendo que debo mantener el control de esta conversación, de este juego mortal.
—¿Empezar qué?
—El desafío. La seducción. Deja el vaso, el choque del cristal contra la madera es seco, definitivo. Estás sentada ahí. Bebes mi alcohol. Sostienes mi mirada. Son preliminares aceptables. Pero quiero ver lo que sigue. Muéstrame lo que tienes.
La provocación está apenas velada. Quiere verme bailar para él, intentar maniobras, usar encantos aprendidos o instintivos. Quiere divertirse.
La rabia, esa compañera ya familiar, empieza a rugir en el fondo de mi vientre. Se mezcla con el miedo, creando un cóctel explosivo.
—¿Por qué debería hacerlo? ¿Por qué debería seducirte?
Mi voz es más fría de lo que quisiera. Me tenso en la silla.
Una ceja de Diego se alza, ligeramente, marcando un interés acrecentado.
—Aceptas mi desafío, ¿y esa es tu primera pregunta? Interesante.
—No es una pregunta, es una evidencia. Mujeres no deben de faltarte. Tienes el poder, el dinero, esa… aura. Hago un gesto vago con la mano, abarcando el bar silencioso, el mundo que él controla. No necesitas que te seduzca. Y yo…
Me interrumpo, buscando las palabras justas, aquellas que serán un arma.
—¿Y tú? me anima, su sonrisa ensanchándose imperceptiblemente.
—Y yo, no necesito seducirte porque no me interesas.
Las palabras caen en el aire como piedras en un pozo. El silencio a nuestro alrededor parece espesarse, volverse palpable. Ramón, detrás de la barra, ha dejado de limpiar un vaso. Lo siento.
Diego no se mueve. Me clava la mirada. Luego, un sonido extraño brota de sus labios. Una risa. Una risa baja, profunda, que no contiene alegría alguna, solo una fascinación mordaz. Ríe, negando lentamente con la cabeza, como ante una curiosidad particularmente exquisita.
—Ah, Valentina… Es precisamente por eso por lo que me interesas.
Se inclina hacia delante, reduciendo de nuevo la distancia peligrosa entre nosotros. Su perfume, esa mezcla de cuero y amenaza, me invade.
—Ves a todas esas mujeres… Están interesadas. En mi poder, en mi dinero, en el peligro que represento. Es previsible. Aburrido. Tú…
Adelanta un dedo, pero esta vez, no me toca. Traza una línea imaginaria en el aire entre nosotros.
—Tú, brillas con otra luz. Una luz que no se postra. Que, en este mismo momento, me dice que no te intereso. Y eso…
Deja la palabra suspendida, sus ojos brillando con un fulgor que no había visto aún. Un fulgor de cazador que por fin ha encontrado una presa que corre de verdad.
—…es irresistible.
Me siento atrapada. Mi confesión de desinterés, pensada como defensa, se ha vuelto contra mí. Él la ha tomado como un cebo. El corazón me late con fuerza contra las costillas, un tambor enloquecido que traiciona mi calma aparente.
—Entonces déjame irme —digo, con la voz ahogada—. Si soy tan aburrida sin ese interés.
—Oh, no. Ahora estoy realmente interesado. Retrocede, se recuesta en su silla, desnudándome el rostro con una intensidad calculadora. Veamos… ¿Cómo se consigue suscitar el interés de alguien que afirma no tenerlo? ¿Cómo se compra algo que no está en venta?
Un escalofrío helado me recorre el espinazo.
—No estoy en venta.
—Todo el mundo tiene un precio, Valentina. Es lo primero que aprendí. Algunos quieren seguridad. Otros, poder. Otros aún, la simple ilusión del amor. Hace una pausa, su mirada volviéndose aún más penetrante. Tú, aún no lo he encontrado, tu precio. Pero lo encontraré.
La desvergüenza de sus palabras, la frialdad con la que reduce las emociones humanas a transacciones, hace subir en mí una ola de furia pura, cegadora. Barre el miedo, la prudencia. Es una reacción animal, instintiva, incontrolable.







