Mundo ficciónIniciar sesiónValentina
El papel arrugado del cuadro arde en el bolsillo de mi jeans, como un pedazo de carbón incandescente. Noche estrellada. Un cielo enloquecido, una violencia arremolinada enmascarada de belleza. Una promesa. Una burla. No dejo de tocar el billete con la punta de los dedos, como para verificar que es real, que no ha consumido la tela para alojarse directamente en mi carne.
La semana que sigue a su segundo paso es un largo escalofrío. Me sobresalto al menor ruido. Una puerta que se cierra de golpe, un coche que aminora la marcha frente a la cantina, la sombra de un cliente desconocido… Mi corazón se acelera cada vez, una mezcla absurda de aprensión y espera. La espera, eso es lo más vergonzoso. Lo más aterrador. La idea de que pudiera regresar, y de que yo lo desee, de cierta manera, para terminar con esta tensión del entredós.
Es en este estado de nervios a flor de piel que Lupe me encuentra.
Lupe es la cocinera de La Última Lágrima. Una mujer grande, sólida como una roca, de rostro bondadoso marcado por el calor de los fogones y las preocupaciones. Me considera un poco como la hija que nunca tuvo. Esta noche, mientras froto mecánicamente la misma barra por décima vez, sale de su cocina, las manos en las caderas, un paño de cocina negligentemente echado sobre su hombro.
—M'hija, deja de lustrar ese zinc, que lo vas a desgastar —dice, su voz ronca cargada de una inquietud que no está en sus palabras.
Me sobresalto, dejando caer el paño.
—Perdón, Lupe. Estoy cansada.
—Cansada, sí. Y en otra parte. Desde que ese fantasma en traje viene a rondar nuestra cantina.
La palabra «fantasma» me hace estremecer. Es exactamente eso. Él ronda el lugar, incluso ausente.
—No ha venido esta semana —miento, mi voz demasiado ligera.
Lupe se acerca, bajando la voz a pesar de la ausencia de clientes. Don Rosendo ha salido a hacer las compras. Estamos solas.
—Escúchame, Valentina. Y escucha bien. No sé qué te quiere, a ti. Pero sé lo que él es. ¿Te acuerdas de los hermanos Mendoza? Tenían el taller al final de la calle.
Asiento con la cabeza, vagamente. Dos hermanos sonrientes, siempre cubiertos de grasa de motor.
—Tuvieron un «desacuerdo» con la organización de la que tu fantasma es el Jefe. Un desacuerdo sobre un porcentaje. Los encontraron en la cajuela de un coche quemado en Tepito. Identificables solo por los dientes. —Pone una mano cálida y pesada sobre mi brazo. Su voz se convierte en un soplo grave, cargado del horror de las cosas vistas y oídas—. Y la mujer de Carlos Mendoza… desapareció. Así nomás. Una evaporación. Nadie la volvió a ver jamás. Ni siquiera un cuerpo.
Un frío glacial me recorre la espina dorsal.
—Diego… ¿él hizo eso?
—¿Él? Quizás no con sus propias manos. Pero es su palabra. Su ley. Su cólera. Ese tipo, mi niña, no es un hombre. Es una fuerza natural. Un huracán con traje y cuenta bancaria. No seduce, captura. No conquista, aniquila. —Sus dedos se aprietan sobre mi brazo—. Se ha fijado en ti. Y eso es una maldición. No un honor. Huye. Ahora. Vete con tu tía a Puebla, a cualquier parte. Pero sal de su campo de visión.
Veo el miedo auténtico en los ojos de Lupe. Un miedo que no es por ella, sino por mí. Ese miedo es más convincente que todos los chismes. Es una certeza anclada en la realidad sangrienta de nuestro barrio.
—No he hecho nada, Lupe. No le he pedido nada.
—¡Eso no cambia nada! —Su voz casi se quiebra—. Con hombres como él, existir basta. Tú existes, y has atraído su mirada. Ya es demasiado. Todo el mundo aquí lo sabe. Todo el mundo tiene miedo. Don Rosendo tiene pesadillas. Los clientes hablan en voz baja. Tienen miedo por ti, pero también te tienen miedo a ti, ahora. Porque te has convertido en el vínculo, el punto débil por donde su rayo podría fulminar.
La palabra «diablo» que no ha pronunciado pende entre nosotras, pesada, tóxica.
—No ha venido a hacerme daño —murmuro, débilmente, en defensa de no sé qué.
—Todavía no. Juega. Como un gato con un ratón. Pero cuando el gato se aburre… —Nega con la cabeza, con lágrimas en los ojos—. No quiero encontrarte a ti en una cuneta, o peor, no volver a encontrarte nunca. Eres una buena chica, Valentina. Una luz. Y las luces, en su mundo, se apagan.
Me estrecha fuerte contra su pecho amplio, en un abrazo que huele a harina y aceite caliente, un abrazo maternal y desesperado. Luego se aparta y regresa a su cocina, como si ya no pudiera soportar verme.
Las palabras de Lupe me acompañan como un doblar de campanas a lo largo del trayecto hasta mi casa. El barrio, que conozco de memoria, parece distinto. Las sombras son más hostiles. Las miradas furtivas de los vecinos en el umbral de su puerta me parecen cargadas de ese mismo miedo del que Lupe ha hablado. De lástima también. Como si ya vieran mi nombre en una placa conmemorativa.
Vivo en un pequeño departamento en el primer piso de un edificio decrépito, con mi madre. Al subir las escaleras, los pies pesados, oigo sollozos ahogados. Mi sangre se hiela aún más. Me precipito, con la llave en la mano.
La puerta no está cerrada con llave. La empujo.
Mi madre está sentada en el sofá hundido, el rostro escondido entre las manos. Sus hombros flacos tiemblan bajo su chal gastado. El televisor está apagado. La habitación está sumida en una penumbra miserable, iluminada solo por la luz del pasillo.
—¿Mamá? ¿Qué pasa?
Levanta la cabeza. Su rostro devastado por los años de labor y preocupación está bañado en lágrimas. Sus ojos, tan parecidos a los míos, están enrojecidos, llenos de un terror que nunca les había visto, ni siquiera en los peores momentos.
—Valentina… Dios mío, mi niña…
Se levanta de un salto y se abalanza sobre mí, abrazándome con una fuerza que no le conocía, como si quisiera meterme dentro de ella, esconderme del mundo.
—Mamá, cálmate, ¿qué te pasa?
—Es él… —Solloza contra mi cuello—. Todo el barrio habla. Dicen que… que Diego El Sombra se interesa por ti. Que lo miraste. Que le hablaste.
El Sombra. La Sombra. Un escalofrío me recorre. Le han puesto un nombre. Un nombre que corre por los callejones.
—Son solo rumores, mamá. Tonterías.
—¡No! —Me aparta, sosteniéndome a la distancia de sus brazos, sus dedos aferrando mis hombros . Doña Elena vio a su lugarteniente rondando la calle ayer. Le preguntó al tendero si tú vivías aquí de verdad. Si te veía seguido. —Sus ojos se agrandan de horror. ¡Saben dónde vives, Valentina! ¡Están verificando!







