Valeria suelta un jadeo ahogado por la fuerza de la sujeción, pero sostiene la mirada de obsidiana del capo con una soberbia inquebrantable, a pesar de que siente una línea de calor líquido y espeso comenzar a resbalar desde el nacimiento de su cabello hacia su ceja izquierda.
–Dándote una pequeña probada de tu propio veneno aduanero, Adrián –responde Valeria con la voz firme, aunque un destello de dolor real se filtra en sus ojos esmeralda. – Aunque debo confesar que no creí que serías capaz