Adrián Volkov no se mueve ni un solo milímetro en la penumbra del mueble, pero la fijeza de sus ojos oscuros, cargados de un cansancio salvaje y de una frustración contenida, revela que cada una de las palabras de la joven le está golpeando el pecho con la fuerza de un impacto limpio.
–¿Tanto daño te he hecho en este maldito lugar, Valeria, como para que despiertes esperando la muerte de mi mano? –pregunta el capo con un tono de voz que desciende en el espacio con una gravedad inusual, desprov