Adrián se encuentra de pie junto al inmenso ventanal de cristal blindado, sosteniendo un vaso de whisky mientras analiza los movimientos tácticos de sus hombres en los servidores perimetrales a través de una tableta digital. Al escuchar el impacto de las puertas al abrirse de golpe, el capo ruso se gira sobre sus talones con la velocidad de un resorte táctico, con las facciones de granito deformadas por una indignación inmediata ante la violación de su espacio privado; no obstante, al fijar sus