–¿Ya terminaste de contemplar tu reflejo en el cristal o vas a seguir perdiendo el tiempo? –pregunta Adrián, con una ironía afilada que corta el aire de la oficina, mientras clava sus ojos oscuros en la silueta de Valeria.
Ella ni siquiera se inmuta ante el desprecio; permanece de espaldas, estática, devorando su propia imagen en el vidrio antes de girarse despacio para mirarlo fijamente, dispuesta a cambiar las reglas del juego de un solo golpe.
–Mírame bien, Adrián, mírame bien porque, a pa