El reloj de la pared marca exactamente las cuatro de la madrugada cuando Adrián cruza el umbral de la residencia Volkov, arrastrando los pasos con una pesadez mortal pero manteniendo la espalda completamente rígida como una columna de acero inoxidable. Sube las escaleras en absoluto silencio hasta llegar a la habitación principal, donde empuja la puerta apenas unos centímetros para observar a Valeria, quien duerme profundamente en el centro de la cama con las pestañas todavía húmedas por el lla