¿Quién se creía que era para darme órdenes, para tomar decisiones por mí y esperar que simplemente lo aceptara? Intenté retorcerme nuevamente, empujando sus brazos con la poca fuerza que aún me quedaba, pero él no cedió ni un centímetro.
—Suéltame —murmuré entre dientes, llena de rabia.
—No —susurró.
La única sílaba ronca que pronunció fue directamente a mi oído, lo cual me provocó un escalofrío en la columna vertebral, y el calor de su aliento me erizó por completo.
En ese momento, el asunto s