Me incliné hacia sus pechos, saboreando sus pezones marrones mientras sus manos se dirigían con avidez a mi intimidad, masajeándome con una fuerza frenética que casi me hace perder la cabeza. Su respiración se volvía cada vez más agitada y, para sofocar sus jadeos, puse mi mano sobre su boca. La pasión que la envolvía la llevó a morder mis dedos con mordiscos desesperados, como una forma de calmar la excitación.
No pude resistirlo. A pesar de ser consciente del centenar de personas que había fu