Killian Mustafa
Como todos los días, volví a visitar a Jennifer en el sanatorio. El lugar estaba lejos de ser acogedor, pero la rutina de estar cerca de ella había hecho que lo extraño resultara habitual. A pesar de la atmósfera lúgubre, nada importaba más que verla; en su presencia, sentía una felicidad que me costaba describir.
Me encontraba en el jardín, en ese rincón que solíamos compartir, pero algo se sentía mal. Jennifer llegaba tarde, y ya me había hecho esperar más de treinta minutos.