Milán había intentado resistirse. De verdad. Lo había pensado mil veces en cuestión de segundos: irse, vestirse, cruzar la puerta, desaparecer antes de que todo se rompiera del todo. Pero Rous estaba ahí. No como la mujer firme y estratégica que enfrentaba a Caleb, sino como una versión abierta en canal, vulnerable, con los ojos brillándole de una forma peligrosa. Intensa. Ardiente. Demasiado humana.
Milán, antes que soldado, antes que mano derecha, antes que pieza clave de un imperio, seguía s