Milán había intentado resistirse. De verdad. Lo había pensado mil veces en cuestión de segundos: irse, vestirse, cruzar la puerta, desaparecer antes de que todo se rompiera del todo. Pero Rous estaba ahí. No como la mujer firme y estratégica que enfrentaba a Caleb, sino como una versión abierta en canal, vulnerable, con los ojos brillándole de una forma peligrosa. Intensa. Ardiente. Demasiado humana.
Milán, antes que soldado, antes que mano derecha, antes que pieza clave de un imperio, seguía siendo eso: un humano. No un pedazo de cartón sin pulsaciones.
Se enredó en su cuerpo como quien se aferra a un salvavidas sabiendo que el mar ya está tragándolos. No hubo promesas ni discursos. No hubo un “para siempre” ni planes. Solo piel encontrando piel, respiraciones fuera de ritmo, el peso de una despedida que ninguno se atrevía a nombrar porque decirla en voz alta la haría definitiva.
Antes que Caleb irrumpiera y Milán interrumpiera su ultimo gemido, se quedó mirando el techo, el pecho su