Rous lo observó sin parpadear, con una calma tan gélida que parecía desgarrar el aire entre ellos. Su mirada no tembló, no vaciló ni un instante; en esos ojos se mezclaba una tormenta de emociones que Milán intentó descifrar sin éxito: ira contenida, una sombra de miedo que se extinguía, y algo más profundo… una determinación feroz que no pertenecía a la misma mujer que él recordaba.
El silencio que los envolvía era denso, casi tangible. Milán respiró hondo, percibiendo el perfume de Rous, ese