El amanecer no llegó de manera suave. Se presentó como esas verdades que uno prefiere ignorar: sin avisar y con una claridad que duele.
La luz se filtró por las cortinas de la habitación de Rous, primero como una línea tímida, luego como una mancha brillante que fue creciendo hasta tocar su rostro. Ella abrió los ojos lentamente. No porque quisiera, sino porque su cuerpo ya no le permitió seguir escondiéndose en el sueño.
Rous tenía la garganta seca, la cabeza pesada y los ojos hinchados de tanto llorar. La noche anterior no se había ido. Seguía ahí, pegada a su piel, clavada en su pecho. Un recuerdo inolvidable.
Se sentó en la cama y dejó caer los pies al suelo. El silencio era extraño. Demasiado tranquilo para todo lo que había sucedido. Tomó el teléfono de la mesita de noche y lo sostuvo con ambas manos. Lo miró sin desbloquearlo, como si fuera una bomba a punto de estallar. Aun no conocía lo que había ahí: mensajes no leídos, imágenes que aun podía ver, verdades que no podrían ser