Mundo ficciónIniciar sesiónLos muros del grosor de un árbol se alzaban sobre sus cabezas. La entrada cubierta por una terraza sostenida por grandes columnas, dirigía a una puerta gruesa con una aldaba de bronce. Los dos tragaron saliva; mientras Oliver subió las gradas y sin dudar llamó. Un rotundo silencio llenó la noche. Los ojos de Teo y Edgar se abrían más con cada segundo, hasta el punto de que casi cayeron al suelo.







