El regreso al apartamento del Trastévere fue un viaje en silencio roto solo por el zumbido del motor y el crujido de los neumáticos sobre el adoquinado romano. Brany no había soltado el sobre vacío, como si aún contuviera algo más que papel y promesas. Andrey iba en el asiento delantero, su perfil tallado en piedra, el teléfono de Mikhail quemándole el bolsillo.
Piotr condujo con una tensión que se reflejaba en sus nudillos blancos sobre el volante. Cuando por fin aparcó frente al edificio y co