Recorro el camino que lleva a los portones de hierro. Frente a la mansión no hay más que campo; la hierba es alimento del ganado de algunos vecinos, por lo cual nunca crece demasiado.
—Señora Prescott, ¿va a salir? —pregunta uno de los hombres que vigila la entrada.
Niego con un gesto de cabeza al hombre encargado de abrir los pesados portones de hierro labrado.
—¿Ya fuiste a almorzar? —Detesto que el personal se pierda sus comidas.
—En veinte minutos, jefa.
Asiento y sigo caminando.
Hay un enr