Sus ojos se clavan en los míos.
—Si nos rechazas a los dos… lucharemos. Jugaremos sucio. Y el que quede con vida será quien se case contigo.
Hace una pausa.
—¿Lo entiendes?
Su mandíbula se tensa.
—Esa es el arma de una mujer aquí. Deja que los hombres se maten por ella. Así sabes cuál de los dos está dispuesto a todo por ti.
Baja la voz.
—Quién tiene más posibilidades de protegerte… a ti y a tu hijo.
Su mirada cae un segundo sobre mi vientre.
—Y te aseguro algo. Aquí nadie quiere a los hijos de