Con la fría dureza del muro a su espalda y el cálido torso de Kamus rozando su pecho, Úrsula se perdió por unos instantes. Un mojito se había tomado y se le había subido a la cabeza.
—Vamos a hablar —declaró él, con un fervor impropio para un hombre tan compuesto y recatado. También se le debían haber subido los mojitos.
¿Quién iba a hablar a un callejón oscuro, arrinconándola duro contra el muro?
—¿Por qué quiere hablar conmigo? Vaya con Parker, aproveche mientras está aquí.
Alfonso sonrió.