—Permiso, señor Kamus. Vengo a limpiar su librero.
Ya había notado él que ella se ponía a limpiar cuando se aburría, así que no le importó.
—Adelante —dijo, sin apartar la vista de los documentos que leía hasta que la vio subida en una escalera, limpiando hasta arriba.
Sus reproches se tardaron en salir por el vistazo que le dio a sus piernas. Qué perfectas le parecieron saliendo de ese bello vestido turquesa, entre verde mar y azul acero.
Tosió para aclarar su voz, rogando también para que se