Serena no derramó ni una lágrima cuando Ignazio le informó que Allegra había caído en coma, ni tampoco cuando le reveló la probabilidad de que nunca despertara, ni siquiera cuando llegó el momento de desconectarla. Sin embargo, unas pocas lágrimas se le escaparon dos días después mientras bajaban su ataúd. Aun entonces, no eran lágrimas de tristeza, sino de alivio.
A partir de entonces, Serena ya no tendría que vivir con el temor de que Allegra intentara lastimarla a ella o a su familia.
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