Capítulo dos

Alfa Leonardo me llevaba colgada sobre su hombro cuando irrumpió en su habitación como el animal maleducado que era y me arrojó sobre la cama.

Mi espalda impactó contra el colchón con un fuerte golpe y un dolor agudo me atravesó la cintura. Me sujeté la zona dolorida mientras un grito escapaba de mis labios. Quise moverme, pero de repente sentí el cuerpo rígido.

«¿Esta bestia acaba de paralizarme?», rugí para mis adentros, sin apartar la vista de su irritante rostro.

—Ha llegado el momento de empezar a pagar la deuda de tu padre.

Su voz destilaba veneno. Se inclinó hacia mis piernas y las atrajo bruscamente hacia él, como si quisiera arrancarme la cintura del resto del cuerpo.

—¿Qué crees que estás haciendo? —grité, mirándolo a través del espacio que quedaba entre mis piernas abiertas.

—¿Cómo te atreves a cuestionarme? ¿Qué demonios creías que implicaba el trato que aceptaste?

Sus palabras salieron frías, duras e implacables. Lentamente comenzó a desabotonarse la camisa.

Mis ojos recorrieron el vello de su torso cuando se quitó la camisa y la lanzó a un lado. Después llevó la mano al cinturón. Sentí que la respiración se me atascaba en la garganta mientras el miedo me oprimía el pecho. Nunca había visto el miembro de un hombre y no estaba preparada para hacerlo.

Se desabrochó el cinturón y bajó la cremallera del pantalón, dejando al descubierto su ropa interior blanca. Luego volvió a sujetarme las piernas y me arrastró hacia él.

Intenté apartarlo de una patada, pero me aferró con fuerza de los muslos, separándome aún más las piernas y acercándome a su cuerpo, hasta dejarme justo frente a él.

El Alfa Leonardo deslizó una mano por debajo de mi falda, buscando mi ropa interior hasta sujetarla con firmeza.

Lo agarré de la muñeca al instante.

—¡No, por favor, Alfa! ¡Nunca he estado con ningún hombre! ¡Por favor, deténgase!

Luché por liberar mi ropa de su agarre.

Se detuvo por un instante y clavó la mirada en mi rostro mientras aspiraba mi aroma con una expresión extrañamente divertida, como si todo aquello le resultara entretenido.

—¿Y qué te hace pensar que eso me importa?

Esbozó una sonrisa burlona y, de un tirón, rasgó mi ropa interior, arrancándome un grito.

Intenté apartar las piernas, con el corazón latiéndome cada vez más deprisa, pero él me sujetó ambas muñecas y las inmovilizó por encima de mi cabeza.

—Me está haciendo daño... por favor, Alfa... se lo suplico...

Las lágrimas inundaron mis ojos mientras rompía a llorar.

Aquel era mi peor miedo: que un hombre se impusiera sobre mí por la fuerza.

Pero él hizo oídos sordos.

El Alfa Leonardo estaba a punto de quitarse la ropa interior cuando un fuerte golpe en la puerta lo hizo detenerse.

—¡Alfa Leonardo! ¡Por favor, tiene un asunto urgente que atender!

Aquel golpe llegó como una salvación y, por fin, el Alfa Leonardo me soltó.

Recogió su camisa y salió de la habitación con paso decidido.

Me hice un ovillo sobre la cama mientras las lágrimas ardientes corrían por mis mejillas y mi cuerpo temblaba de miedo. La idea de que esa fuera mi nueva realidad era algo que todavía no podía aceptar.

¿Cuál sería mi destino? ¿Cómo iba a soportar vivir con esta bestia? ¿Sería capaz de sobrevivir un año entero a su lado?

Las lágrimas comenzaron a caer con más fuerza cuando pensé en Caleb y en cómo se sentiría al verme marcharme con otro hombre. ¿Cómo podría explicarle lo que estaba ocurriendo si estaba atrapada aquí? Si hubiera despertado a mi loba, habría podido comunicarme con él mediante el vínculo mental.

Caleb era mi mejor amigo y el único hombre con el que había tenido una conexión romántica. Habíamos pasado por todo juntos debido a nuestra condición de Omegas. Habíamos acordado comenzar una relación cuando yo cumpliera los dieciocho años, y faltaba apenas un mes para mi cumpleaños. Pero nada de eso sucedería. La hermosa vida que había imaginado junto a Caleb jamás se haría realidad por culpa del error de mi padre.

Me aferré a la almohada mientras las lágrimas seguían cayendo segundo tras segundo, empapando tanto la almohada como el colchón. La tristeza envolvió todo mi ser y sentí como si la parte feliz de mí hubiera desaparecido para siempre.

Escuché que la puerta de la habitación se abría y me incorporé de golpe sobre la cama.

Pero no era el Alfa Leonardo.

Era una mujer joven; una mujer increíblemente hermosa, para ser exactos. Llevaba varios documentos en la mano.

Medía aproximadamente un metro sesenta y cinco, tenía unos brillantes ojos azules y una larga cabellera oscura que le caía hasta la cintura. Vestía un corto vestido negro que dejaba al descubierto sus largas y perfectas piernas. Sus stilettos rojos se ajustaban a la perfección a sus pies y le daban un aspecto elegante.

—Tú eres el nuevo juguete del Alfa Leo, ¿verdad? —preguntó con una sonrisa cargada de sarcasmo.

—No soy el juguete de nadie.

Soltó una risita maliciosa. Arrugó la nariz con gesto de desprecio mientras recorría mi cuerpo con la mirada.

—Veo que tienes agallas.

Me lanzó los documentos a la cara y me sobresalté. Las hojas quedaron esparcidas por toda la cama.

—Ese es tu acuerdo definitivo con el Alfa Leo. Más vale que lo firmes antes de que regrese. No sé qué puede ver el Alfa Leo en una Omega tan sucia y apestosa.

Bufó con desdén y salió de la habitación.

Sus palabras me golpearon como un rayo mientras la veía marcharse. Me acerqué la nariz a la axila y la olí para comprobar si desprendía algún olor desagradable, pero no percibí nada.

—Entonces, ¿por qué me insultó? Creo que en esta casa hay demasiada gente maleducada.

Recogí las hojas una por una, las ordené cuidadosamente y empecé a leerlas por encima.

Se trataba de un contrato matrimonial por un año que parecía más un pacto capaz de costarme la vida que un simple acuerdo. Al final del documento había una advertencia que decía:

«Si no firmas nuestro acuerdo definitivo, da por muerto a tu padre.»

¿Qué clase de persona en su sano juicio enviaría un contrato de matrimonio acompañado de una amenaza de muerte?

Me levanté de la cama con los documentos aún en las manos. Comencé a caminar de un lado a otro de la habitación, como un animal encerrado en una jaula, intentando decidir qué debía hacer.

¿Debía firmarlo o no?

¿Y si, después de un año, era incapaz de recuperar mi vida? ¿Qué sería de mí?

Pero... mi padre...

No podía dejar que muriera, y devolverle al Alfa Leonardo el dinero que le debía era prácticamente imposible.

Me mordí el labio inferior mientras las lágrimas empañaban mi vista. Tomé un bolígrafo del tocador.

El corazón me golpeaba con fuerza en el pecho mientras las lágrimas resbalaban lentamente por mis mejillas, empapando los documentos que sostenía entre las manos.

Un profundo suspiro escapó de mis labios cuando estampé mi firma, sellando el contrato con aquella bestia.

Cerré los ojos con fuerza y las lágrimas comenzaron a caer con más intensidad.

—Acabo de venderme al diablo... —murmuré.

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