Capítulo Cuatro

Eira;

El Alfa Leonardo se inclinó hacia mí. Sus ojos seguían clavados en mis pechos, como el pervertido que era.

—Suéltame ahora mismo.

Forcejeé para liberarme de él, pero una sonrisa siniestra se dibujó en sus labios.

—Tú no pones las reglas. Las pongo yo —susurró con frialdad.

Acercó el rostro a mi cuello. Sentí el cálido aliento que escapaba de su nariz mientras rozaba mi piel.

Después volvió a mirarme a los ojos.

Tragué con dificultad el nudo que tenía en la garganta.

Era innegablemente atractivo, y no estaba segura de que alguna mujer fuera capaz de resistirse a él. Mi mirada descendió por un instante hasta sus labios y no pude evitar fijarme en lo suaves y ligeramente rojizos que eran.

Por un momento...

Olvidé quién era.

Acercó lentamente sus labios a los míos, haciendo que mi corazón se acelerara. Sentí la dureza de su miembro a través de la ropa cuando su cuerpo se apretó contra el mío, rozándome suavemente el abdomen. Un leve gemido escapó de sus labios.

—Alfa, por fav...

Intenté hablar, pero él posó sus labios sobre los míos, silenciándome. En ningún momento apartó la mirada de la mía. Seguía sintiendo la dureza de su cuerpo contra el mío, y un escalofrío recorrió mi piel, erizándola por completo.

Su cuerpo presionó con más fuerza contra el mío y, de pronto, echó la cabeza hacia atrás y lanzó un rugido.

Al instante siguiente descendió hasta mi cuello.

Un dolor agudo me atravesó la piel.

Y, de repente, dejó de presionarse contra mí.

Giré la cabeza ligeramente y vi cómo el Alfa Leonardo se apartaba poco a poco de mi cuello. Sus ojos iban de un lado a otro, llenos de desconcierto.

Me soltó las manos, completamente perplejo, y, un segundo después, salió disparado de la habitación.

¿Qué le ocurría?

No tenía la menor idea.

Un intenso dolor en el cuello hizo que me llevara una mano a la zona afectada. La molestia aumentó, obligándome a correr hasta el espejo del tocador para mirarme.

Cuando retiré la mano, vi sangre en la palma.

Levanté la vista hacia mi reflejo.

Mi cuerpo se quedó completamente inmóvil.

Un escalofrío recorrió mi espalda cuando comprendí lo que acababa de ocurrir.

El Alfa Leonardo acababa de marcarme como su compañera.

¿Qué demonios le pasaba a esa bestia?

¿Cómo se atrevía?

¿Por qué...?

Mis labios temblaban de rabia. Me agarré el cabello con fuerza mientras soltaba un grito desgarrador.

Caí de rodillas al suelo.

Rompí a llorar.

Mi mundo acababa de derrumbarse.

¿Cómo iba a mirar a Caleb a la cara llevando la marca de otro hombre en el cuello?

Lloré desconsoladamente.

Y no había forma de deshacerme de aquella maldita marca.

Oh, Diosa...

¿Por qué me ponías una prueba como esta?

Yo nunca pedí convertirme en una de tus guerreras más fuertes.

Lloré durante días sin probar la comida que me llevaban. Tampoco volví a ver al Alfa Leonardo. No sabía cuántos días o semanas habían pasado. Pero, cuando llegó un nuevo día, decidí comer algo para seguir viviendo por las personas que amaba: mamá, papá y Caleb.

Sabía que, si conseguía sobrevivir a aquel infierno durante un año, le pediría perdón a Caleb.

Pasaron varias semanas más y seguí sin ver al Alfa Leonardo.

Las únicas personas que entraban en mi habitación eran los sirvientes, que me llevaban comida, ropa o cualquier otra cosa que pudiera necesitar.

Les pregunté a algunos de ellos por el Alfa Leonardo, pero todos me respondían lo mismo:

—Tenemos órdenes de no decir una sola palabra sobre el Alfa.

Casi siempre me echaba a reír al escuchar esa respuesta, porque tampoco me importaba su precioso Alfa.

Por mí, podía irse al infierno.

Escogí uno de los conjuntos más bonitos que tenía, me vestí y empecé a bailar por toda la habitación mientras tarareaba una canción.

Era mi forma de entretenerme.

No podía permitir que el aburrimiento acabara con mi juventud.

—Feliz cumpleaños, Eira.

Una vocecita resonó de pronto.

Dejé de bailar al instante y recorrí la habitación con la mirada.

—¿Quién anda ahí? —murmuré.

—Soy yo... tu loba.

—¡¿Qué...?!

Me llevé una mano al pecho mientras jadeaba de la impresión. Mis ojos se abrieron de par en par.

—¿Mi loba? ¿Cómo es posible? Todavía no he cumplido los dieciocho.

—Sí los has cumplido, Eira. Hoy cumples dieciocho años.

Me tapé la boca con ambas manos.

La emoción inundó mi pecho.

—¡Bienvenida! ¿Cómo debo llamarte? ¿Puedo verte? Por favor...

Todo mi cuerpo temblaba de felicidad.

—Si intento mostrarme ahora, te dolerá. Será tu primera transformación y debes estar preparada.

—Sí... lo estoy.

Respondí con entusiasmo, quedándome completamente quieta y cerrando los ojos.

—¿Estás segura, Eira?

—Sí. Sí. Sí. Nunca he estado tan segura de nada.

—Muy bien. Quédate quieta.

Tragué saliva con dificultad mientras tensaba todo mi cuerpo.

Entonces comenzó.

Mi cuerpo se retorció y se dobló de maneras que parecían imposibles. La piel me ardía y me picaba mientras un espeso pelaje blanco brotaba sobre mis brazos y piernas. Mis manos se transformaron en garras y una fuerza salvaje, primitiva y desconocida recorrió cada rincón de mi cuerpo.

Mi loba había despertado.

Era enorme, de pelaje blanco y ojos azules.

Jamás había visto una loba Omega como ella.

Ni siquiera se parecía a ningún otro lobo.

Era extraño...

Pero ya la adoraba.

—Eres preciosa... —murmuré, con los ojos llenos de lágrimas.

—Puedes llamarme Elisa.

—Hola, Elisa.

Las lágrimas volvieron a deslizarse por mis mejillas.

—Sé que soy diferente a los demás lobos, pero nosotras somos únicas, Eira. La Diosa Luna nos bendijo con un don especial. Uno que nadie en este siglo posee.

Su voz era suave y reconfortante.

—¿Qué don?

La confusión era evidente en mi voz.

—El don de la sanación, Eira. Tenemos el poder de sanar.

La voz de Elisa era tranquila y encantadora, muy distinta de la mía.

No entendía exactamente a qué se refería con aquel don ni para qué estaba destinado, pero me hacía feliz saber que ella por fin estaba conmigo.

Justo entonces, un dulce aroma, parecido al de la madera y la tierra húmeda, llegó hasta mi nariz.

Era la fragancia más intensa y reconfortante que había percibido en toda mi vida.

—Nuestro compañero predestinado está aquí —dijo Elisa.

Un escalofrío de temor me recorrió el cuerpo.

—¿Nuestro compañero predestinado? ¿Aquí... en la casa de esa bestia?

No pude evitar cuestionarlo.

Aquello era una locura.

Estaba convencida de que la Diosa debía de haberse vuelto loca para unir a mi compañero predestinado con alguien que vivía en esta casa.

—No luches contra ello, Eira. La Diosa tiene sus propios designios y no podemos cuestionarlos. Prepárate y vamos a conocer a nuestro compañero predestinado.

Elisa era realmente demasiado dulce para alguien tan impulsiva como yo.

Volví a mi forma humana, me puse un bonito vestido y, por primera vez, salí corriendo de aquella habitación.

Seguí el rastro del aroma hasta llegar a una enorme sala de reuniones de la mansión. Y allí estaba él: el Alfa Leonardo.

Se encontraba junto a un apuesto desconocido, alto, casi de la misma estatura y complexión que él. Sin embargo, parecía que ambos estaban inmersos en una acalorada discusión. Era evidente que no se llevaban precisamente bien.

Poco a poco me acerqué a ellos y, de forma inesperada, Elisa gritó la palabra:

—¡Compañero predestinado!

La palabra escapó de mis labios en cuanto mis ojos se posaron sobre aquel hombre.

Aquel desconocido era mi compañero predestinado.

Vi cómo sus ojos se iluminaban de felicidad al girarse hacia mí. Me había reconocido como su compañera. Las emociones que me invadieron fueron tan intensas que, por primera vez, comprendí lo poderoso que era el vínculo entre compañeros predestinados.

Mi compañero dio un paso hacia mí, pero el Alfa Leonardo se adelantó de inmediato y me sujetó con fuerza de la muñeca.

Sin decir una sola palabra, me arrastró de vuelta hasta su dormitorio. Abrió la puerta de un empujón y prácticamente me lanzó al interior de la habitación.

Luego cerró la puerta de un portazo a nuestras espaldas.

Me zafé de su agarre de un tirón.

—¿Qué cree que está haciendo? ¿Por qué me impide acercarme a mi compañero predestinado?

—¿Compañero predestinado? ¿Crees que te traje aquí para que conocieras a tu maldito compañero predestinado?

Me señaló con el dedo.

—Escúchame bien, mascota. Mi medio hermano ilegítimo no puede ser tu compañero predestinado.

—Sí lo es. Por favor, Alfa, déjeme ir con él.

Mis ojos volvieron a llenarse de lágrimas.

Mi compañero predestinado era alguien tan poderoso como el propio Alfa Leonardo. Aquello representaba mi oportunidad de escapar de esta bestia, y no pensaba desperdiciarla.

—¡No puedes estar con él! —rugió.

—Eso no es posible, Alfa. Él y yo estamos destinados a estar juntos.

El Alfa Leonardo esbozó una sonrisa llena de malicia. Sus cejas se fruncieron por la ira y dejó escapar una risa burlona.

—Tenemos un trato. Y mientras ese trato siga vigente, ningún hombre tiene permitido entrar en tu vida.

Hizo una breve pausa antes de añadir con frialdad:

—Parece que tu diminuto cerebro ya se olvidó de tu padre.

Sus palabras me golpearon con fuerza.

Toda la energía abandonó mi cuerpo.

Había conseguido derrotarme.

La bestia señaló la puerta con un dedo.

—Ahora sal ahí fuera y recházalo. Es una orden de tu Alfa.

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