Desperté antes de que la ciudad se hubiera comprometido del todo a ser mañana, en esa hora gris e incierta en la que la luz estaba presente pero aún no había decidido qué iba a hacer consigo misma. Estaba sentada en la silla que había movido del balcón a la habitación en algún momento de la noche, en la misma posición en la que había estado cuando me dormí contra su hombro. En algún punto él se había movido y yo me había movido, y ahora ella estaba en la otra silla con la cabeza inclinada hacia