Llevaba tres minutos en el pasillo fuera de su puerta antes de abrirla con llave. Tres minutos eran dos minutos y cincuenta segundos más de lo que pasaba fuera de cualquier otra puerta antes de entrar, y los tres minutos no eran vacilación. Yo no vacilaba. Eran la última porción de un cálculo que había estado haciendo desde el almacén, desde que me quedé de pie en la ceniza mirando las luces del ático y sentí llegar, sin mi permiso, ese único segundo frío de duda que luego se negaba a marcharse