Es tan cabrón como lo recordaba. Me arde el pecho solo de saber que está aquí, cerca de mi y mirándome como sé que que le gusta. Es como si hubiéramos vuelto a los tiempos en la catedral cuando no podía tocarme pero no disimulaba si deseo de hacerlo.
Niego sonriendo detrás de mi máscara y me alejo del brazo de Ivanov. Decido darle la medicina de los celos a Ian y dejarlo observar de lejos mis encantos en brazos de otro.
Hay candelabros que alumbran este el suelo hasta la altura de las ventanas.