Mi boca permanecía sellada, mientras que dentro de mí, una marea de espasmos y ansiedades se agitaba con fuerza. Tristán estaba a mi lado, sus manos colocadas de manera posesiva: una sobre mi pecho, la otra en mi cintura. Aunque no habíamos cruzado la línea de la intimidad, no podía evitar sentirme vulnerable, una sensación que bordeaba la vergüenza.
—Estás muy callada —susurró, sus labios rozando mi cuello, como si esas palabras fueran el preludio de algo mucho más profundo.
—Debes pensar qu